Conferencia de Neville Goddard (1969-10-03)
El libro del Génesis está compuesto por tres registros, llamados los manuscritos J, P y E. Esta noche me referiré al manuscrito E, que comienza con el capítulo 15 del Génesis:
“Al ponerse el sol, Abram cayó en un sueño profundo, y una grande oscuridad cayó sobre él. Entonces el Señor dijo a Abram: ‘Ten por cierto que tu descendencia será extranjera en tierra ajena, y será esclavizada y oprimida durante cuatrocientos años. Pero después de esto saldrá con grandes riquezas’” (Génesis 15:12–14).
“Abraham creyó, y le fue contado por justicia” (Génesis 15:6).
Aquí descubrimos que no es lo que el hombre es, sino aquello que confía que Dios hará, lo que lo salva. Al creer que Dios Padre ha preparado el camino para que sus hijos desterrados regresen, en el estado de fe aceptaste el veredicto de que serías esclavizado por cuatrocientos años.
Ahora bien, cuando lees esta afirmación, puedes pensar en el tiempo tal como lo conocemos, pero eso no forma parte del misterio. En el alfabeto hebreo, cada letra tiene un valor numérico, así como un valor simbólico. La última letra del alfabeto hebreo es taf. Su valor numérico es cuatrocientos y su valor simbólico es el de una cruz. Esa cruz es el cuerpo que llevas. No significa que te tomará cuatrocientos años llegar al final del viaje, sino que se ha preparado un camino para sacarte de este recorrido hacia la muerte.
Todo aquí comienza, crece, declina y muere; pero Dios ha preparado un camino para que nosotros, sus hijos desterrados, regresemos a él, y cuando lo hagamos, tendremos grandes posesiones. Estas posesiones no serán de naturaleza terrenal, porque todo aquí se disuelve.
En este mundo, tus posesiones te esclavizan. Compra una casa y, en el momento en que sientes que te pertenece, debes asegurarla contra todos los elementos. Compra un diamante grande, del cual te sientes tan orgulloso, y debes asegurarlo y pagar ese seguro el resto de tus días.
Las personas que poseen una fortuna en diamantes a menudo los colocan en una bóveda y nunca los ven, y aun así pagan el seguro año tras año, pero conservan el sentimiento de posesión. Así que ves que, sin importar cuán grandes consideres tus posesiones terrenales, no puedes llevártelas contigo. Entonces, ¿cuál es la gran posesión con la que regresarás? Vida en ti mismo.
El Antiguo Testamento es un plano profético de experiencias que tienen lugar en el Nuevo. Y aun lo que está registrado en el Nuevo no es concluyente ni totalmente vívido. Por eso escudriñamos las Escrituras para ver qué debemos experimentar a fin de adquirir nuestra gran posesión prometida.
Tú y yo preexistimos, porque solo hay Dios. Al diversificarse en los muchos al caer en un sueño profundo, Dios Padre ahora carga su cruz al vestir nuestras prendas de carne y sangre y soñar nuestra vida hasta hacerla existir. En este mundo no nos reconocemos unos a otros, porque, al llevar una máscara, estamos ocultos a la vista. Ahora, como cuerpos animados, estamos destinados a ser reunidos uno por uno y llevados de regreso a ese estado original con grandes posesiones. Esa gran posesión es tener vida en nosotros mismos.
La palabra “Zacarías” significa “Jehová recuerda”, y el libro de Zacarías trata por completo acerca del recordar. En el capítulo 8, el Señor habla diciendo:
“Volveré a Sion y habitaré en medio de Jerusalén; y Jerusalén será llamada ciudad fiel, el monte del Señor de los ejércitos, el monte santo. Y las calles de la ciudad estarán llenas de muchachos y muchachas que jugarán en sus calles” (Zacarías 8:3–5).
Cuando comiences a despertar, recordarás lo que se te dijo antes de que el mundo existiera, y la memoria regresará en forma de experiencia. Cuando tu sueño de vida llegue a su fin, un sonido, una nota específica, te llamará desde la tumba, y despertarás en tu cráneo y comenzarás a recordar el plan de Dios para tu salvación. La profecía de Zacarías se cumplirá en ti al recordar, porque Zacarías describe a Jerusalén con imágenes vívidas tal como será cuando la ciudad y el templo sean restaurados y nosotros, los exiliados, hayamos regresado.
La noche en que comenzó mi despertar, me dormí de la manera normal y natural. Entonces un sueño se apoderó de mí y me encontré en una ciudad gloriosa, sin edificios de más de tres o cuatro pisos de altura. Las banquetas, más anchas que cualquier calle que yo haya visto, estaban llenas de niños y niñas sanos y alegres, riendo. Había pianos de concierto colocados en las banquetas a intervalos, de modo que uno no interfiriera con el otro. Un artista aparecía y tocaba solo por el gozo de quienes estaban presentes, y cada artista tenía su propio grupo de seguidores.
Me senté frente a un piano de cola y observé cómo una multitud enorme seguía a su héroe cuando se acercaba a mi banca. Cuando llegó, me levanté, me dio las gracias, se sentó y comenzó a tocar. Mientras tocaba, su música formaba patrones geométricos, todos en color. De pie junto a él, supe que si detenía cierta actividad imaginativa en mí, habría congelado la música para contemplarla.
Detuve esa actividad, la música se congeló y la nota sostenida comenzó a aumentar de volumen. A medida que su sonido penetraba todo mi ser, desperté para encontrarme, no en mi cama en mi casa, sino en el santo sepulcro, mi cráneo, donde había estado a lo largo de los siglos. Entonces supe de manera innata cómo salir. Lo hice y me encontré rodeado de toda la imaginería de las Escrituras concerniente al nacimiento de Dios.
Tomó tres años y medio para que ese patrón se desplegara completamente en mí; pero cuando se completó, supe sin ninguna duda que yo era aquel a quien las Escrituras llamaban Jesucristo. Todos son Dios encarnado. Puedes ser desconocido, no deseado y rechazado por el mundo, pero en realidad eres Dios, llevando tu cruz tal como te lo juraste a ti mismo.
Ahora escucha estas palabras: “No te maravilles de esto; porque vendrá la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán” (Juan 5:28–29).
Puedes pensar que el sepulcro del que se habla aquí es un cementerio; pero te digo que el sepulcro en el que estás enterrado es tu cráneo. Tu maravillosa imaginación humana es el Dios de la tierra y del mar que está enterrado en tu cráneo. Ese es el santo sepulcro. Así que no vayas a Egipto ni al Cercano Oriente, a lo que se llama la Tierra Santa, para encontrar el lugar donde Dios está enterrado, porque no está ahí. Dios está enterrado en tu cráneo, y es de ese cráneo de donde se levantará.
Nadie sabe cuándo el poder que realmente eres despertará y se levantará del sueño; pero sí sé que cuando lo haga, tendrás el poder de detener el mundo, examinarlo y ponerlo en marcha de nuevo a voluntad. Y sin importar cuánto tiempo lo detengas, cuando lo sueltes no habrá conciencia de la detención, porque no habrá cambio. El espacio es una facultad para la experiencia, pero el tiempo es una facultad para los cambios en la experiencia, y cuando detienes el tiempo, detienes el cambio. Si detuvieras este momento en el tiempo y lo mantuvieras así durante mil años, nada envejecería porque nada podría cambiar. El tiempo está dentro de ti y puedes detenerlo tal como yo lo hice la noche en que sostuve el tono.
Ahora bien, la palabra que se traduce como “voz” en las Escrituras significa ruido, sonido, trompeta, reverberación. Una reverberación sostenida, como un viento tempestuoso, te despertará del sueño de la vida, y verás el mundo tal como realmente es, porque el mundo no es como tus sentidos y tu razón te lo hacen creer. Despertarás para decir dentro de ti: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30). Y si eres uno con el Padre, y el Padre tiene un hijo, debes encontrarlo.
Cinco meses después, tu hijo, que es el Hijo de Dios, David, se te revelará y te revelará a ti mismo. Sé que esto no tiene sentido para la mente natural, pero lo que te estoy diciendo es verdad, y conocerás esta verdad por experiencia.
En el mundo estás oprimido y eres esclavo del cuerpo que usas. No importa cuán rico o poderoso seas aquí, no puedes ordenar a un sirviente que coma tu comida, la asimile y la elimine por ti. Debes realizar tú mismo todas las funciones normales de tu cruz de carne y sangre. ¿No eres entonces su esclavo? Nadie ha sido jamás tan sabio o poderoso como para prescindir de estas funciones. Si alguna vez lo intentara, moriría y lo enterrarían. Pero la tumba real donde Dios está sepultado está en tu cráneo. Allí permanecerá hasta el final del viaje, cuando despiertes del sueño y salgas de tu cráneo como el soñador.
Aunque desterrado, Dios ha preparado un camino para ti, su hijo, para regresar. Todos somos hijos de Dios, que colectivamente formamos al Padre, pero somos llamados de regreso uno por uno. Cada uno de nosotros es tan único que no puede ser llamado en pares ni en grupos. Y la noche en que seas llamado comenzará con un sueño, como se describe en el capítulo 8 de Zacarías (Zacarías 8).
Yo, que les he dicho qué esperar, desapareceré físicamente, pero enviaré al Espíritu Santo, que es el Espíritu de verdad. Él les hará recordar todo lo que les he dicho. Habiéndoles proclamado que yo soy la verdad, ¿a quién puedo enviar sino a mí mismo? Así que Dios mismo entró por la puerta de la muerte con nosotros que entramos. Se acostó en la tumba con nosotros en visiones de eternidad, hasta que despertamos y vemos las vestiduras de lino allí, las que las mujeres han tejido para nosotros.
Tu madre tejió tu vestidura de carne y sangre, llamada el lienzo de lino, y un día saldrás de ella para no regresar jamás. Tú, un ser invisible, sentirás y escucharás un poder tan grande que sonará como un viento tormentoso. Lo que vi fue conjurado y sostenido por un tono. Por lo tanto, si el tono se detuviera, la belleza que contemplaba desaparecería. Pero el tono continuó y, al hacerlo, desperté.
Hay un tono en ti que es único para ti, y un día aparecerá en forma de un hermoso patrón. Detendrás ese tono y, mientras se sostenga, la cáscara en la que has estado sellado por incontables siglos se agrietará. No comenzaste en el vientre de tu madre y no terminarás en la tumba. Eres un ser inmortal que descendió a un mundo de muerte para soñar el sueño de la vida. Un día cumplirás el capítulo 8 de Zacarías y despertarás para descubrir que tú eres la vida misma (Zacarías 8).
Ahora bien, la palabra “Jesús” significa “Jehová salva”, y cuando Jesús nace, Jehová nace. Así que cuando salgas de la cáscara en la que tú mismo te colocaste, eres salvado.
Hoy, con todo nuestro conocimiento, aún no sabemos cómo un espermatozoide puede penetrar la superficie de un óvulo y hacer que aquello que está dentro salga a la semejanza de quien lo penetró, porque todas las cosas producen según su especie. Ahora bien, si Dios está produciendo aquello que es según su especie, tiene que ser Dios quien nace.
Habiendo entrado en el cráneo, tu óvulo sellado, has estado soñando tu vida de carne y sangre para traerla a la existencia. Has hecho un viaje a la muerte y, cuando el viaje termine, Dios penetrará tu cráneo y tú, completamente individualizado, saldrás como Dios. Y para que no tengas ninguna duda de quién eres, el Hijo unigénito de Dios te llamará Padre. Solo entonces tu viaje habrá terminado.
Anoche me retiré meditando en esta relación padre e hijo, y desperté alrededor de las 2:30 a.m. para encontrarme en un lugar muy parecido al Hotel Plaza en New York City. Acababa de hacer el check out y me volví para ver a mi hermano Fred haciendo el check in. Cuando fui a saludarlo vi acercarse a mi sobrino Philip, el hijo de Fred. Entonces hice lo más extraño: presenté a Philip con Fred y, cuando se dieron la mano, me di cuenta de que no se conocían. Fred sabía que yo era su hermano y Philip sabía que yo era su tío, pero no recordaban la relación padre e hijo.
Ahora vayamos a la Escritura:
“Felipe le dijo: ‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta’. Jesús le dijo: ‘¿Tanto tiempo he estado con ustedes y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre’” (Juan 14:8-9).
Vi a mi hermano y a mi sobrino de carne y sangre, y sin embargo, en mi sueño, solo eran símbolos del Padre y del Hijo que no se conocen entre sí.
Esta noche les digo que ustedes son el padre del Hijo unigénito de Dios, cuyo nombre es David, pero no lo saben. Un día, sin embargo, lo sabrán, porque David se presentará ante ustedes y los llamará Padre. Entonces se consumará este entendimiento mutuo entre padre e hijo, y su viaje al mundo de la muerte habrá terminado.
En mi sueño desempeñé el papel de David al reunir a mi hermano Fred y a su hijo Philip. La palabra “David” se define en la Concordancia Bíblica de Strong como “amado, el tío, el hermano del padre”. Como David hice el anuncio, y sin embargo soy el padre de David, porque yo y mi Padre somos uno (Juan 10:30).
Estos son misterios, no cosas que deban mantenerse en secreto, sino misterios por su propia naturaleza. Confunden a la mente racional, porque esta quiere pensar al nivel de este mundo secular, donde un hombre engendra un hijo y ahí termina todo. La mente racional no puede resolver el misterio de la Escritura, porque la Biblia no es un registro de historia secular, sino de historia divina, que es algo completamente distinto.
Todos los nombres registrados allí son significativos y cuentan una historia que se despliega en el alma. Tú eres el Dios cuyo nombre es Yo Soy, pero estás en este mundo y llevarás la forma de carne y sangre por un tiempo determinado. Luego el árbol de la vida que tú eres será partido de arriba abajo y tú, el Espíritu atrapado dentro, serás liberado.
Mientras tanto, medita en tu gran posesión. Si esta noche fueras dueño de la tierra y desapareciera con tu muerte, ¿qué importaría? Stalin pensó que controlaba el mundo. Mató a veinte millones de personas y luego desapareció. Pero Stalin no murió. Fue restaurado a la vida en un entorno más adecuado para la obra que aún debía realizarse en él. Stalin es un nombre que Dios adoptó para desempeñar ese papel, así como Dios adoptó el nombre Hitler y pensó que gobernaría Alemania.
Todos ellos han sido restaurados a la vida ahora y han adoptado otros nombres para continuar la obra que debe hacerse en ellos, porque al final ellos también serán redimidos. Todos serán redimidos porque todos son conscientes de que son y, por lo tanto, dicen “yo soy”, y ese es el nombre de Dios. Mientras interpretaban sus papeles fueron utilizados y, aunque no lo saben, son Dios moviéndose hacia su bien último.
Ahora olvida al individuo y regresa a la Escritura, porque solo estás aquí para cumplirla. Aunque ya he completado la historia tal como se cuenta en el Nuevo Testamento, cada noche me encuentro reescenificando la profecía del Antiguo Testamento. Cuando medito en una promesa del Antiguo, las olas comienzan a romper en mi conciencia, como ocurrió anoche, y se me muestra la representación perfecta de la falta de memoria de la relación padre e hijo.
En el pasado mi hermano solía decir: “De mis cuatro hijos, al que no entiendo es a Philip”. Se parecían, pero no tenían nada en común en el plano físico, y aquí, en el plano espiritual, no conocían su relación física. Tuve que recordarle a mi hermano la relación entre Philip y Fred. Él conocía a mi hermano Fred, pero no se identificaba a sí mismo con el nombre.
Todo contiene en sí mismo la capacidad de tener un significado simbólico. No hay un solo sueño que sea insignificante, pero somos expertos en malinterpretarlos. No podemos ver la historia detrás de la historia. Pero les digo esto: están aquí por un gran propósito, y ese es despertar del sueño. Y cuando lo hagan, tendrán poder en ustedes mismos.
“Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo. No se maravillen de esto, porque vendrá la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán” (Juan 5:26-29).
Hay una nota, un tono, que te despertará cuando los niños y las niñas jueguen en las calles del Jerusalén que está dentro de ti. Sion está dentro de ti y el Señor está dentro de ti, porque todo el drama se desarrolla en la imaginación. Un día quedarás tan completamente absorto en la belleza de algo producido por una nota que la detendrás. Esa nota sostenida hará que despiertes a la verdad de que tú eres el Cristo de la Escritura, el Jehová del Antiguo Testamento. Entonces sabrás que has regresado con tu gran posesión, porque habrás transformado un cuerpo animado en un Espíritu vivificante (1 Corintios 15:45).
Ahora entremos en el silencio.
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