Conferencia de Neville Goddard (1969-02-21 )
“Yo soy el SEÑOR, y ninguno hay fuera de mí; yo formo la luz y creo las tinieblas; hago la paz y creo la adversidad; yo, el SEÑOR, hago todas estas cosas” (Isaías 45:6-7). Luego Juan nos dice: “Así como Él es, así somos nosotros en este mundo” (1 Juan 4:17). Aunque al hombre se le enseña que Dios, quien crea la prosperidad y la adversidad, es alguien distinto a sí mismo, las Escrituras nos dicen que como Dios es, así somos nosotros.
La historia de Jesucristo, así como todos los milagros registrados en el Nuevo Testamento, son parábolas actuadas.
En el libro de Lucas encontramos a Jesús, con doce años de edad, subiendo a Jerusalén para la Pascua. Cuando terminó la fiesta, sus padres —pensando que Jesús estaba en la caravana— no lo buscaron hasta que pasó el día. Tras buscarlo durante tres días, cuando lo hallaron en el templo, su padre dijo: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? ¿No sabías que te buscábamos con angustia?” Y Jesús respondió: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debo ocuparme de lo que es de mi Padre?” (Lucas 2:48-49).
Aquí Cristo declara a Dios como su Padre, mientras sus padres, de pie ante Él, no comprenden. Si buscas la causa de los fenómenos de tu vida entre tus familiares, conocidos o maestros, nunca la hallarás; porque tú eres el templo de Dios, y el espíritu de Dios mora en ti. La causa de los fenómenos de tu vida no está afuera, sino en tu maravillosa imaginación humana. ¿No te das cuenta de que Jesucristo está en ti? Te digo, el único lugar donde lo encontrarás es dentro de ti.
La vida de Jesús es un patrón que se desplegará en ti, como individuo, cuando descubras que eres la causa de tu vida; porque así como Él es, tú también eres en este mundo. Nuestros líderes religiosos enseñan a Cristo como alguien externo, distinto, que venció y ahora vive en otra parte; pero Cristo en ti es tu esperanza de gloria, porque así como Él es, tú eres.
En su libro, Lucas narra la parábola de Jesús, quien —al entrar en un barco con sus discípulos— se queda dormido mientras zarpan. Cuando un viento tormentoso desciende sobre el lago, lo despiertan diciendo: “Maestro, ¡nos hundimos!” Entonces Él reprende al viento, y las olas se calman, y se hace gran calma (Lucas 8:23-24). Te digo: aquel que dormía causó la tormenta, y es el mismo ser que, al despertar, la calma; porque no hay otro.
En este mundo, Cristo está dormido, y las guerras, confusiones, depresiones y horrores aparecen por sus sueños. Y el mundo no conocerá paz, felicidad, riqueza ni alegría hasta que Cristo despierte. Si no eres consciente de tu actividad imaginativa, estás dormido respecto a ella. Puedes soñar sueños nobles y hermosos o innobles; pero lo que sueñes, Cristo lo exteriorizará.
El hombre es el arca de Dios, en la cual Cristo —el poder creativo de Dios— está contenido. Yo soy el arca de Dios, no un fantasma de la tierra o del mar. Soy la nave en la que Cristo duerme mientras sueña las tormentas de mi vida. Y cuando Él despierte, conoceré la calma y la prosperidad.
Tu maravillosa imaginación humana es Jesucristo. Ahora individualizada como Juan, María, Sam o Susana, eres la proyección exterior de Cristo, rodeada de adversidades y prosperidades por sus sueños. Dios, como tu imaginación, nunca puede estar tan lejos como para acercarse; la cercanía implicaría separación. Dondequiera que estés, ¡yo estoy! Decir: “Estoy cerca” es afirmar que Dios es otro, pero no hay otro. Tú y Dios son uno, porque Él es tu maravillosa imaginación humana.
Un amigo compartió recientemente esta visión conmigo. Mientras observaba edificios, árboles y casas a su alrededor, se dio cuenta de que eran causados por diminentas semillas magnéticas alrededor de sus pies. Al rasparlas, se reformaban instantáneamente para producir cambios automáticos en su mundo. ¡Qué experiencia tan maravillosa!
En el Salmo 40 leemos: “Él me sacó del pozo de la desesperación, del cieno profundo; puso mis pies sobre la Roca” (Salmos 40:2). Aquí vemos que el pie, símbolo del poder creativo de Dios, es levantado y colocado sobre la Roca —¡la imaginación humana! Su visión le muestra que ahora ha tomado conciencia de la única causa y ha colocado su poder creativo sobre esa Roca. En este Salmo 40 se dice: “En el volumen del libro está escrito acerca de mí” (Salmos 40:7). La visión de mi amigo revela que ha llegado a ese punto. Todo lo que parece magnificado en el exterior es causado por semillas magnéticas alrededor de sus pies. Esto es cierto; porque el mundo no es más que una sombra magnificada, causada por la semilla magnética llamada Hombre. Aunque el mundo parezca grande y abrumador, su causa es el poder que lo observa.
El hombre es el arca de Dios, y todo está contenido en él. Dormido, las tormentas rugen; pero cuando el hombre despierta, los mares tormentosos cesan.
Hay una gran diferencia entre estar despierto a tus actividades imaginativas y estar dormido a ellas. Despierto, puedes rastrear los eventos que ocurren afuera hasta un acto imaginativo; dormido, buscarás a alguien o algo externo como causa. Pero la causa está dentro del que observa el efecto. La causación está simbolizada como el pie en los Salmos 40 y 69, así como en Romanos 10:15. Al final, el hombre vencerá y pondrá todas las cosas bajo su pie.
Mi amigo vio los racimos de semillas magnéticas alrededor de sus pies. Aunque trató de rasparlas, reaparecieron. Como dijo Blake: “El roble es cortado por el hacha y el cordero es sacrificado por el cuchillo, pero sus formas eternas permanecen para siempre, regresando por la semilla del pensamiento contemplativo.”
Nuestro mundo es la tormenta de la que habla Lucas 8. Habiendo entrado en nuestro cuerpo, hemos dormido respecto a nuestro poder creativo. Pero cuando disciplinamos la mente, calmamos las tormentas. Los discípulos de las Escrituras son aspectos disciplinados de la mente. Una vez que tus cinco sentidos estén tan disciplinados que veas, escuches, pruebes, toques y huelas solo lo que deseas, entonces calmarás las tormentas de duda y miedo dentro de ti; porque sabrás quién eres. Ya no buscarás los fenómenos de la vida entre tus familiares o conocidos; al despertar, encontrarás la vida en el templo. El mundo siempre busca maestros nuevos en el exterior, cuando no hay nada allí sino sombras. Cristo no es otro. Tú eres Cristo, ¡como Él es tu propio ser! Lo encontrarás, y cuando lo hagas, sabrás que eres Dios; porque una serie de eventos se desplegará dentro de ti y darás testimonio de tu propia paternidad.
A menudo he pensado que la doctrina de la Trinidad debería haber sido la doctrina del ser, porque la Trinidad es difícil de comprender para el hombre. Es más fácil hablar de la doctrina del cristianismo revelado como una unidad, que como trinidad. Cuando David se presente ante ti como tu hijo, no habrá más Trinidad. Tú y yo somos uno cuando mi hijo David te llama padre. Entonces sabrás que todos en el mundo son ese mismo ser, pues todos tendrán el mismo hijo. Esta es la gran doctrina de la unidad.
Mi viejo amigo Ab siempre comenzaba sus clases con la afirmación: “Alabada sea esa unidad que es nuestra unidad”. Sabía que aunque somos una diversidad de rostros, completamente individualizados, somos el mismo padre del único hijo de Dios, quien se revelará a todos, individualmente, demostrando así nuestra unidad de ser.
Cada milagro bíblico es una parábola actuada. Es la imaginación la que entra en el barco llamado hombre y se duerme para que comience el viaje de la vida. Entonces surgen las tormentas financieras, maritales y físicas según los sueños del hombre. Podría soñar algo hermoso y conocer tormentas felices y saludables. Pero si no sabe que la causa del bienestar es su actividad imaginativa, seguirá viviendo en las tormentas de la vida hasta que los discípulos lo despierten al recuerdo.
Despierto, eres consciente de los pensamientos que creas en cada momento y llevas esa conciencia a tu mundo de sueños. No vacilarás, porque —conociendo el mundo que quieres construir y su causa— serás constantemente consciente de lo que estás imaginando. Ya no buscarás tus deseos entre cosas externas, sino que te volverás hacia tu interior para encontrarlos, todos esperando ser cumplidos en el templo de Dios.
Ahora bien, los números tres y ocho en la Escritura siempre están asociados con la resurrección. Se nos dice que al tercer día la tierra se levantó de las profundidades, y en el libro de Éxodo se dice que sucedió al octavo día. Lucas nos dice que cuando Jesús tenía doce años, sus padres lo buscaron durante tres días antes de encontrarlo en el templo, haciendo y respondiendo sus propias preguntas. El número doce nos está diciendo que había llegado al punto de la creatividad, que ahora había resucitado y entrado en la casa del Padre, porque cuando lo encontraron dijo: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que en los asuntos de mi Padre me es necesario estar?” Habiendo identificado a Dios como su Padre, continúa afirmando: “Yo y el Padre uno somos” (Lucas 2:46–49; Juan 10:30).
Hoy, como en aquel día, los hombres no pueden creer que la imaginación sea la causa de los fenómenos de la vida. Están de acuerdo en que un artista puede imaginar una bella imagen y plasmarla en el lienzo, pero no pueden relacionar esa misma técnica con un dolor de muelas. Sin embargo, ¡hay una sola causa! Yo, el Señor, soy la causa y no hay otro. Fuera de mí no hay Dios. Yo formo la luz y creo las tinieblas. Hago el bienestar y creo la calamidad. Yo, el Señor, soy el que hace todas estas cosas (Isaías 45:6–7). No puedes culpar a nadie por tu desgracia. Podrías decir que un amigo traicionó tu confianza y que eso causó tu infortunio; pero tu amigo no fue la causa, tu propio sueño te impulsó a confiar en él. La causalidad no está afuera, viene de dentro. A medida que empiezas a despertar, descubres que hay un solo Dios, que es tu maravillosa imaginación humana.
Mi amigo vio pequeñas semillas magnéticas girando alrededor de sus pies, haciendo que el mundo exterior pareciera tan grande. Estas semillas del pensamiento contemplativo son tan pequeñas que a menudo se ignoran e incluso se raspan; pero la conciencia hace que se reformen de inmediato para magnificar su nueva formación en el mundo exterior. Si las semillas de la imaginación no se reformaran, el mundo exterior desaparecería sin dejar rastro; pero sí se reforman, porque las semillas están contenidas en el hombre. Tú tienes el poder de reorganizar tus semillas de pensamiento para producir un patrón diferente en tu mundo exterior. Esto se hace mediante un cambio de actitud. Piensa el mundo como diferente y, al hacerlo, has raspado las pequeñas semillas magnéticas, provocando así su reorganización. Este es el mundo en el que vivimos.
Ahora, cuando la imaginación nos levanta del hoyo y pone nuestros pies sobre la Roca, nos mantenemos en pie por nosotros mismos. Ya no nos apoyamos en el pie de otro, dándole al otro ya sea nuestro elogio o nuestra culpa. Podemos, eso sí, ser amables y agradecidos y dar las gracias a otro por el papel que desempeñó en nuestro drama. Pero cuando nos mantenemos en pie por nosotros mismos, nos damos cuenta de que todo lo que sucede, sea bueno, malo o indiferente, es por nuestra actitud hacia la vida.
Toda persona, lugar o cosa es animada y reorganizada desde dentro, porque como Él es, así somos nosotros. Un buen cristiano llamaría blasfemia a esa afirmación; sin embargo, estoy citando la primera carta, capítulo cuatro, del libro de Juan: “Como Él es, así somos nosotros en este mundo” (1 Juan 4:17). Este pensamiento sigue inmediatamente a la definición de Dios como amor. Y como Dios es amor, no cambiará tu acto imaginativo, sino que permitirá que se exteriorice. Si Dios cambiara el acto, habría dos de ti: uno que imagina y otro que cambia el acto imaginado. Pero, siendo todo amor, Dios interpreta al instante los papeles designados en tus actos imaginativos y sufre contigo porque está soñando. Pero un día, el Amor despertará dentro de tu cráneo. Resucitará y comenzarás el verdadero drama, que es descubrir tu verdadera identidad. Al salir de tu cráneo inmortal, toda la imaginería de la Escritura te rodeará. El niño y los testigos estarán allí; pero no te verán, porque serás espíritu. Mientras presencian tu nacimiento espiritual, hablarán de ti e identificarán al niño como tuyo, pero tú serás invisible a sus ojos mortales. A medida que el gran drama se despliega, parece que ocurre externamente; sin embargo, es dentro, porque tú contienes la eternidad dentro de ti.
Si para ti hay una tormenta desatada, recuerda: solo está desatada porque no eres consciente de tu actividad imaginativa. Al disciplinar tus pensamientos, te levantas del sueño de la inconsciencia y te vuelves consciente de lo que quieres imaginar. Entonces el mundo cambiará para conformarse al cambio en ti. La tormenta se calmará y habrá una perfecta calma.
No busques a Dios fuera del templo, porque tú eres el templo de Dios y el Espíritu de Dios mora en ti (1 Corintios 3:16). Pregunta a la persona promedio dónde cree que está el templo de Dios y señalará una sinagoga, una catedral o una iglesia; pero Dios no habita en casas hechas por manos. Dios es espíritu y habita en su templo viviente.
Imagina, y Dios está actuando. ¡Cree en la realidad de lo que ahora estás imaginando! Reorganiza esos pequeños conjuntos alrededor de los pies y, cuando queden fijados con sentimiento, relájate en el conocimiento de que tu mundo exterior se conformará a la nueva fijación. Aunque el mundo parece externo, su realidad está dentro, pues tú eres su poder creativo, soñando el mundo para traerlo a la existencia; porque eres un ser inmortal, usando una vestidura de mortalidad. Un día despertarás de este sueño fantástico para encontrarte engrandecido por haber experimentado el misterio de la muerte.
Ahora te pido que aceptes el reto y cambies tu manera de pensar, aunque sé que no es algo fácil de hacer. He conocido a quienes disfrutan tanto odiar a otro que no quieren cambiar. Parecen recibir cierto placer del odio y no se dan cuenta de que solo se están odiando a sí mismos.
Recuerdo a un hombre en New York City durante la Segunda Guerra Mundial que decía despreciar a Roosevelt. Cada mañana, mientras se afeitaba, se hablaba a sí mismo frente al espejo, imaginando que le estaba diciendo a Roosevelt todo lo que no le gustaba de él. Este caballero asistía a mis reuniones y, cuando lo confronté con sus actos imaginativos, dijo: “Pago 10 dólares por ver un espectáculo en Broadway que no me da el gozo que recibo durante esos diez minutos por la mañana”. Pues bien, este hombre creó su propia tormenta, porque el veneno que expulsaba cada mañana regresaba a él. Perdió su casa en New York City, luego se fue a Florida, donde lo perdió todo también. Traté de decirle que despertara, que estaba dormido y solo soñando que Roosevelt era la causa de su mundo. Pero no pudo creerme. Provenía de un trasfondo germánico y no podía superar el hecho de que estuviéramos en guerra con Alemania. Culpaba a Roosevelt, aun cuando sabía que Alemania nos había declarado la guerra. No podía ver la guerra como un mal sueño, y la estaba confundiendo, haciendo que la tormenta se intensificara por el placer que recibía al regañar a Roosevelt mientras se afeitaba.
Depende totalmente de ti lo que piensas. Si quieres odiar a alguien, puedes intensificar ese odio mediante la intensidad y la persistencia. Lo mismo es cierto si quieres amar a alguien; porque tu imaginación humana es el único Dios que jamás conocerás, y Él está en su templo, ese templo que eres tú.
Los padres, es decir, la tradición, buscaban a Jesús por fuera, pero cuando lo encontraron dentro, él dijo: “¿No sabían que en los asuntos de mi Padre me es necesario estar?”, pero ellos no pudieron comprender (Lucas 2:49). Cuando les he dicho a rabinos, predicadores y sacerdotes que he visto a David, el famoso David bíblico, se ríen. Y cuando voy más allá y les digo que David me llamó padre, en cumplimiento del Salmo 89 que dice: “He hallado a David; él clamó a mí: ‘Tú eres mi Padre, mi Dios y la Roca de mi salvación’”, se quedan en silencio, incapaces de hacer de la Biblia su propia biografía (Salmos 89:20, 26).
Mientras pienses que la Biblia habla de alguien distinto de ti, nunca la entenderás. Todo el libro, de principio a fin, trata de ti, de manera individual. Tú eres quien encontrará a David. Es a ti a quien él llamará: “Mi Padre, mi Dios y la Roca de mi salvación”. David literalmente estará de pie ante ti como un joven que apenas entra en la adolescencia. Es el mismo David que clamó en el Antiguo Testamento: “No dejarás mi alma en el hoyo, en el fango del pantano” (Salmos 40:2). Y tú no lo dejas. Despiertas y, después de tres días, lo encuentras en el templo y la Escritura se cumple (Lucas 2:46).
Te digo: eres un ser inmortal cuya autobiografía está registrada en las Escrituras. Habiendo inspirado a los profetas del Antiguo Testamento, entraste en el mundo para cumplir sus palabras en el Nuevo. Como la individualidad difundida universalmente, Cristo habita en cada niño nacido de mujer, trayéndolo al mundo al meditarlo hasta hacerlo existir.
Toma en serio la historia de mi amigo. Piensa en tus pensamientos como semillas magnéticas, invisibles y diminutas, y en el mundo como el testigo de su disposición. Y recuerda: todo lo que necesitas hacer es reordenar tus pensamientos llenos de poder, y producirás un reordenamiento correspondiente en tu mundo exterior.
Ahora entremos en el silencio.
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