Permanece fiel a tu idea

Conferencia de Neville Goddard (1948-00-00)


Esta noche tenemos la lección quinta y última de este curso. Primero daré una especie de resumen de lo que se ha tratado antes. Luego, ya que muchos de ustedes me han pedido que explique con más detalle la lección 3, les daré algunas ideas adicionales sobre lo que significa pensar cuatridimensionalmente.

Sé que cuando una persona ve algo con claridad, puede contarlo, puede explicarlo. El invierno pasado, en Barbados, un pescador, cuyo vocabulario no excedía quizá de mil palabras, me dijo más en cinco minutos sobre el comportamiento del delfín de lo que Shakespeare, con todo su vasto vocabulario, podría haberme dicho, si hubiera conocido las costumbres del delfín.

Este pescador me contó cómo al delfín le encanta jugar con un pedazo de madera a la deriva, y que para atraparlo tiras la madera y lo cebas, como cebarías a niños, porque le gusta fingir que va a salir del agua. Como ya he dicho, el vocabulario de este hombre era muy limitado, pero él conocía a su pez y conocía el mar. Como conocía al delfín, podía contarme todo sobre sus hábitos y cómo atraparlo.

Cuando dices que sabes algo, pero no puedes explicarlo, yo te digo que no lo sabes; porque cuando realmente lo sabes, lo expresas de manera natural.

Si yo te pidiera ahora que definieras la oración y te dijera: “¿Cómo harías, por medio de la oración, para lograr un objetivo, cualquier objetivo?”, si puedes decírmelo, entonces lo sabes; pero si no puedes decírmelo, entonces no lo sabes. Cuando lo ves claramente en el ojo mental, el Tú más grande inspirará las palabras necesarias para vestir la idea y expresarla con belleza, y expresarás la idea mucho mejor que un hombre con un vasto vocabulario que no la ve con tanta claridad como tú.

Si has escuchado con atención durante los últimos cuatro días, ahora sabes que la Biblia no se refiere en absoluto a personas que hayan existido jamás ni a sucesos que hayan ocurrido alguna vez en la tierra.

Los autores de la Biblia no estaban escribiendo historia; estaban escribiendo un gran drama mental, al que vistieron con el ropaje de la historia, y luego lo adaptaron a la limitada capacidad de las masas acríticas e irreflexivas.

Sabes que cada historia en la Biblia es tu historia, y que cuando los escritores introducen docenas de personajes en una misma historia, están tratando de presentarte diferentes atributos de la mente que tú puedes emplear. Vieron cómo tomé quizá una docena o más de historias y las interpreté para ustedes.

Por ejemplo, muchas personas se preguntan cómo Jesús, el hombre más lleno de gracia y el más amoroso del mundo, si era hombre, podría decirle a su madre lo que se registra en el segundo capítulo del Evangelio de Juan. Se hace decir a Jesús a su madre:

“Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo?”
— Juan 2:4 (LBLA)

Tú y yo, que aún no estamos identificados con el ideal que servimos, no le diríamos algo así a nuestra madre. Sin embargo, aquí está la encarnación del amor diciéndole a su madre: “Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo?”

Tú eres Jesús, y tu madre es tu propia conciencia. Pues la conciencia es la causa de todo; por lo tanto, es el gran padre-madre de todos los fenómenos.

Tú y yo somos criaturas de hábito. Estamos metidos en el hábito de aceptar como definitiva la evidencia de nuestros sentidos. Los invitados necesitan vino y mis sentidos me dicen que no hay vino, y por hábito estoy a punto de aceptar esta carencia como definitiva. Pero cuando recuerdo que mi conciencia es la única realidad, y por lo tanto, si niego la evidencia de mis sentidos y asumo la conciencia de tener suficiente vino, en cierto sentido he reprendido a mi madre —a la conciencia que sugiere la falta—; y al asumir la conciencia de tener lo que deseo para mis invitados, el vino se produce de una manera que no sabemos.

Acabo de leer aquí una nota de un querido amigo en la audiencia. El domingo pasado tenía una cita en una iglesia para una boda; el reloj le decía que iba tarde, todo le decía que iba tarde.

Estaba en una esquina esperando un tranvía. No había nadie a la vista. Imaginó que, en lugar de estar en la esquina, estaba en la iglesia. En ese momento, un auto se detuvo frente a él. Mi amigo le contó al conductor su situación y el conductor le dijo: “No voy en esa dirección, pero lo llevo”. Mi amigo subió al coche y llegó a la iglesia a tiempo para la ceremonia. Esto es aplicar la ley correctamente: no aceptar la sugestión del retraso. Nunca aceptes la sugestión de la carencia.

En este caso me digo a mí mismo: “¿Qué tengo yo que ver contigo? ¿Qué tengo yo que ver con la evidencia de mis sentidos? Tráiganme todas las vasijas y llénenlas”. En otras palabras, asumo que tengo vino y todo lo que deseo. Entonces mi Yo dimensionalmente más grande inspira todos los pensamientos y las acciones que ayudan a la encarnación de mi asunción.

No es un hombre diciéndole a su madre: “Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo?”. Es cada persona que conoce esta ley la que se dice a sí misma, cuando sus sentidos sugieren carencia: “¿Qué tengo yo que ver contigo? Apártate de mí”. Nunca volveré a escuchar una voz como esa, porque si lo hago, entonces soy fecundado por esa sugestión y voy a concebir el fruto de la carencia.

Pasamos a otra historia en el Evangelio de Marcos, donde Jesús tiene hambre:

“Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si quizá hallaba algo en ella; y cuando llegó a ella, no halló sino hojas, porque no era tiempo de higos.
Y Jesús, hablando a la higuera, le dijo: ‘Nunca jamás coma nadie fruto de ti’. Y sus discípulos lo oyeron.”
— Marcos 11:13–14 (LBLA)

“Y por la mañana, cuando pasaban, vieron que la higuera se había secado desde las raíces.”
— Marcos 11:20 (LBLA)

¿Qué árbol estoy maldiciendo? No es un árbol externo. Es mi propia conciencia.

“Yo soy la vid verdadera…”
— Juan 15:1 (LBLA)

Mi conciencia, mi YO SOY, es el gran árbol. Y el hábito, una vez más, sugiere vacío, sugiere esterilidad, sugiere cuatro meses antes de que yo pueda cosechar. Pero no puedo esperar cuatro meses. Me doy esta poderosa sugestión: que nunca más, ni por un momento, transigiré con la idea de que tiene que pasar tiempo para que se realice mi deseo. La creencia en la carencia, desde este día en adelante, debe ser esterilizada y no volver a reproducirse nunca en mi mente.

No es un hombre maldiciendo un árbol. Todo en la Biblia ocurre en la mente del hombre: el árbol, la ciudad, la gente, todo. No hay una declaración en la Biblia que no represente algún atributo de la mente humana. Todos son personificaciones de la mente, no cosas del mundo externo.

La conciencia es la única realidad. No hay nadie a quien podamos acudir después de descubrir que nuestra propia conciencia es Dios. Pues Dios es la causa de todo, y no hay nada fuera de Dios. No puedes decir que el diablo causa algunas cosas y Dios otras. Escucha estas palabras:

“Así dice el Señor a Ciro, su ungido…
Yo iré delante de ti y allanaré los lugares escabrosos;
romperé las puertas de bronce y haré pedazos sus cerrojos de hierro.
Y te daré los tesoros escondidos…
para que sepas que yo soy el Señor, el Dios de Israel, que te llama por tu nombre.”
— Isaías 45:1–3 (LBLA)

“Yo formo la luz y creo las tinieblas,
causo bienestar y creo calamidad;
yo, el Señor, hago todo esto.”
— Isaías 45:7 (LBLA)

“Yo hice la tierra y creé al hombre sobre ella…
Yo lo he despertado en justicia y enderezaré todos sus caminos;
él edificará mi ciudad y soltará a mis cautivos,
no por precio ni por recompensa.”
— Isaías 45:12–13 (LBLA)

“Yo soy el Señor, y no hay otro; fuera de mí no hay Dios.”
— Isaías 45:5 (LBLA)

Lean estas palabras con cuidado. No son mis palabras; son palabras inspiradas de hombres que descubrieron que la conciencia es la única realidad. Si soy herido, me hiero a mí mismo. Si hay oscuridad en mi mundo, yo creé la oscuridad, la tristeza y la depresión. Si hay luz y alegría, yo creé la luz y la alegría. No hay nadie más que este YO SOY que lo hace todo.

No puedes encontrar una causa fuera de tu propia conciencia. Tu mundo es un gran espejo que constantemente te dice quién eres. Cuando te encuentras con las personas, por su comportamiento te están diciendo quién eres tú.

Tus oraciones no serán menos devotas porque acudas a tu propia conciencia en busca de ayuda. No creo que haya persona que sienta más gozo, más devoción y más adoración que yo cuando, con gratitud, asumo la sensación de mi deseo cumplido, sabiendo al mismo tiempo que es a mí mismo a quien acudí.

En la oración eres llamado a creer que posees lo que tu razón y tus sentidos niegan. Cuando ores, cree que ya lo tienes y lo recibirás. La Biblia lo expresa así:

“Por tanto os digo: todo lo que pidáis en oración, creed que lo habéis recibido, y os será concedido.
Y cuando estéis orando, perdonad si tenéis algo contra alguien, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone vuestras transgresiones.
Pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos perdonará vuestras transgresiones.”
— Marcos 11:24–26 (LBLA)

Eso es lo que debemos hacer cuando oramos. Si tengo algo contra otro —ya sea una creencia de enfermedad, pobreza o cualquier otra cosa— debo soltarlo y dejarlo ir, no usando palabras de negación, sino creyendo que él es lo que desea ser. De ese modo lo perdono completamente. He cambiado mi concepto de él. Yo tenía algo contra él, y lo he perdonado. El perdón completo es el olvido. Si no olvido, entonces no he perdonado.

Yo solo perdono verdaderamente cuando olvido. Puedo decirte hasta el fin de los tiempos: “te perdono”. Pero si cada vez que te veo o pienso en ti recuerdo lo que tenía contra ti, no te he perdonado en absoluto. El perdón es el olvido completo. Vas al médico y él te da algo para tu enfermedad; está tratando de quitártela, y por eso te da algo en su lugar.

Date un nuevo concepto de ti mismo en lugar del viejo concepto. Abandona completamente el viejo concepto.

Una oración concedida implica que algo se hace como resultado de la oración que, de otro modo, no se habría hecho. Por lo tanto, yo mismo soy la fuente de la acción, la mente que dirige y el que concede la oración.

Todo el que ora con éxito se vuelve hacia adentro y se apropia del estado buscado. No tienes sacrificios que ofrecer. No dejes que nadie te diga que tienes que luchar y sufrir. No es necesario luchar para que tu deseo se realice. Lee lo que dice la Biblia:

“¿Para qué me sirve la multitud de vuestros sacrificios? —dice el Señor—.
Estoy harto de holocaustos de carneros…
No me traigáis más ofrendas vanas…
No soporto iniquidad y asamblea solemne.”
— Isaías 1:11–13 (LBLA)

“Tendréis canción como en la noche cuando se celebra fiesta santa,
y alegría de corazón…”
— Isaías 30:29 (LBLA)

“Cantad al Señor un cántico nuevo,
y su alabanza desde los confines de la tierra.”
— Isaías 42:10 (LBLA)

“Cantad, cielos, porque el Señor lo ha hecho…
porque el Señor ha redimido a Jacob.”
— Isaías 44:23 (LBLA)

“Los redimidos del Señor volverán
y vendrán a Sión con cánticos,
y gozo eterno será sobre sus cabezas…”
— Isaías 51:11 (LBLA)

El único regalo aceptable es un corazón alegre. Ven con canto y alabanza. Ese es el modo de venir ante el Señor: tu propia conciencia. Asume la sensación de tu deseo cumplido y habrás traído el único regalo aceptable. Todos los estados mentales que no sean el del deseo cumplido son una abominación; son superstición y no significan nada.

Cuando vengas ante mí, regocíjate, porque el regocijo implica que algo que deseabas ya ha sucedido. Ven ante mí cantando, dando alabanza y dando gracias, pues esos estados mentales implican la aceptación del estado buscado. Colócate en el estado de ánimo adecuado y tu propia conciencia lo encarnará.

Si yo pudiera definir la oración para cualquier persona y expresarla con toda la claridad posible, simplemente diría:
«Es la sensación del deseo cumplido».

Si tú preguntas: «¿Qué quieres decir con eso?», yo respondería:
«Me sentiría como si ya estuviera en la situación de la oración respondida, y luego viviría y actuaría desde esa convicción. Trataría de hacerlo sin esfuerzo, es decir, viviría y actuaría como si ya fuera un hecho, sabiendo que mientras camine con esta actitud firme, mi suposición se materializará en la realidad».

El tiempo no me permite profundizar más en el argumento de que la Biblia no es historia, pero si has escuchado atentamente mi mensaje durante estas últimas cuatro noches, no creo que necesites más pruebas de que la Biblia no es historia. Aplica lo que has oído y realizarás tus deseos.


«Y ahora os lo he dicho antes de que suceda, para que cuando suceda, creáis.»
—Juan 14:29 (LBLA)

Muchas personas, yo incluido, hemos observado eventos antes de que ocurrieran; es decir, antes de que se manifestaran en este mundo tridimensional. Dado que el ser humano puede observar un evento antes de que suceda en las tres dimensiones del espacio, entonces la vida en la tierra avanza conforme a un plan. Y ese plan debe existir en otra dimensión, moviéndose lentamente a través de nuestro espacio.

Si los sucesos observados aún no estaban presentes en este mundo cuando fueron vistos, entonces es perfectamente lógico que debían estar fuera de este mundo. Todo aquello que está ALLÁ para ser visto antes de que ocurra ACÁ debe considerarse, desde la perspectiva de quien está despierto en un mundo tridimensional, como “predeterminado”.

Sin embargo, los maestros antiguos nos enseñaron que podemos alterar el futuro, y mi propia experiencia confirma la verdad de esa enseñanza.

Por lo tanto, mi propósito al impartir este curso es señalar las posibilidades inherentes en el ser humano: mostrar que sí podemos cambiar nuestro futuro. Pero, una vez alterado, este da origen a una nueva secuencia determinista que comienza desde el punto de interferencia: un futuro coherente con la modificación realizada.

La característica más notable del futuro humano es su flexibilidad. Aunque el futuro esté preparado con anticipación en cada detalle, posee múltiples desenlaces posibles. En cada momento de nuestras vidas tenemos ante nosotros la elección de cuál de esos futuros experimentaremos.

Existen dos perspectivas efectivas sobre el mundo que todos poseemos: un enfoque natural y un enfoque espiritual. Los maestros antiguos llamaban a una «la mente carnal» y a la otra «la mente de Cristo». Podemos distinguirlas como la conciencia ordinaria —gobernada por los sentidos— y una imaginación dirigida, gobernada por el deseo.

Reconocemos estos dos centros distintos de pensamiento en esta declaración:
«Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, pues para él son locura; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente.»
—1 Corintios 2:14 (LBLA)

La perspectiva natural limita la realidad al instante llamado AHORA. Para ella, el pasado y el futuro son puramente imaginarios. En cambio, la visión espiritual percibe el contenido total del tiempo. Para esta visión, pasado y futuro forman un presente continuo. Lo que para el hombre natural es mental y subjetivo, para el hombre espiritual es concreto y objetivo.

El hábito de ver únicamente lo que nuestros sentidos nos permiten nos vuelve completamente ciegos a lo que, de otro modo, podríamos percibir. Para cultivar la facultad de ver lo invisible, debemos deliberadamente desligar nuestra mente de la evidencia sensorial y enfocar nuestra atención en un estado invisible, sintiéndolo y percibiéndolo mentalmente hasta que adquiera la nitidez de la realidad.

Un pensamiento serio, concentrado y dirigido hacia una meta específica excluye otras sensaciones y las hace desaparecer. Basta con enfocarnos en el estado deseado para verlo.

El hábito de retirar la atención de la región de la sensación y centrarla en lo invisible desarrolla nuestra perspectiva espiritual, permitiéndonos trascender el mundo de los sentidos y percibir lo que no se ve.
«Porque las cosas invisibles de Él, desde la creación del mundo, se ven claramente, siendo entendidas por medio de las cosas hechas.»
—Romanos 1:20 (LBLA)

Esta visión es totalmente independiente de las facultades naturales. ¡Abréla y acelérala!

Con un poco de práctica, te convencerás de que, al controlar tu imaginación, puedes remodelar tu futuro en armonía con tu deseo. El deseo es el motor principal de la acción. No podrías mover ni siquiera un dedo si no hubiera un deseo detrás. Cualquiera que sea tu acción, siempre estás siguiendo el deseo que en ese momento domina tu mente. Cuando rompes un hábito, es porque tu deseo de abandonarlo supera tu deseo de continuar con él.

Los deseos que nos impulsan a actuar son aquellos que capturan nuestra atención. Un deseo no es más que la conciencia de algo que nos falta y que necesitamos para hacer nuestra vida más placentera. Siempre hay un beneficio personal en juego; cuanto mayor sea el beneficio anticipado, más intenso será el deseo. No existe un deseo absolutamente altruista. Donde no hay nada que ganar, no hay deseo… y, por consiguiente, tampoco acción.

El hombre espiritual le habla al hombre natural a través del lenguaje del deseo. La clave para progresar en la vida y para cumplir tus sueños radica en obedecer prontamente esa voz. La obediencia inmediata y sin dudas a esa voz constituye, en sí misma, la asunción del deseo cumplido. Desear un estado es poseerlo. Como dijo Pascal:
«No me habrías buscado si no me hubieras ya encontrado.»

Cuando el ser humano asume la sensación de que su deseo ya está cumplido, y luego vive y actúa desde esa convicción, altera su futuro en armonía con esa suposición. Las suposiciones despiertan aquello que afirman. Tan pronto como el hombre adopta la sensación de su deseo cumplido, su Yo cuatridimensional encuentra caminos para lograr ese fin y descubre los medios para su realización.

No conozco ninguna definición más clara del modo en que realizamos nuestros deseos que esta:
EXPERIMENTAR EN LA IMAGINACIÓN LO QUE EXPERIMENTARÍAMOS EN LA CARNE SI YA HUBIÉRAMOS ALCANZADO NUESTRA META.

Esta experiencia imaginaria del fin, aceptada como real, precipita los medios. Entonces, el Yo cuatridimensional —con su visión más amplia— construye los caminos necesarios para manifestar ese fin aceptado.

La mente indisciplinada encuentra difícil asumir un estado que es negado por los sentidos. Pero hay una técnica que hace fácil “llamar a las cosas que no se ven como si ya existieran”; es decir, encontrar un acontecimiento antes de que ocurra. La gente tiene la costumbre de menospreciar la importancia de las cosas simples, pero esta sencilla fórmula para cambiar el futuro fue descubierta después de años de búsqueda y experimentación.

El primer paso para cambiar el futuro es el DESEO, es decir, definir tu objetivo: saber con claridad qué es lo que quieres.

En segundo lugar, construir un acontecimiento que tú creas que encontrarías DESPUÉS del cumplimiento de tu deseo; un acontecimiento que implique que tu deseo ya se ha cumplido, algo que tenga la acción del Yo predominante.

En tercer lugar, inmovilizar el cuerpo físico e inducir un estado cercano al sueño, imaginando que estás somnoliento. Acuéstate en una cama o relájate en una silla. Entonces, con los párpados cerrados y tu atención enfocada en la acción que intentas experimentar en la imaginación, siéntete mentalmente justo en la acción propuesta, imaginando todo el tiempo que estás realizando efectivamente la acción aquí y ahora.

Siempre debes participar en la acción imaginaria, no solo estar observando, sino sentir que estás realizando realmente la acción, de modo que la sensación imaginaria sea real para ti.

Es importante recordar siempre que la acción propuesta debe ser una que SIGA al cumplimiento de tu deseo. También debes sentirte en la acción hasta que tenga toda la viveza y claridad de la realidad.

Por ejemplo, supongamos que deseas un ascenso en tu trabajo. Ser felicitado sería un acontecimiento que podrías encontrar después del cumplimiento de tu deseo. Habiendo seleccionado esta acción como la que experimentarás en la imaginación, inmoviliza el cuerpo físico e induce un estado cercano al sueño, un estado de somnolencia en el que todavía eres capaz de controlar la dirección de tus pensamientos, un estado en el que estás atento sin esfuerzo. Entonces visualiza a un amigo frente a ti. Coloca tu mano imaginaria en la suya. Siéntela sólida y real, y lleva a cabo una conversación imaginaria con él, en armonía con la acción.

Tú no te visualizas a la distancia, en otro lugar y en otro tiempo, siendo felicitado por tu buena suerte. En lugar de eso, haces ese otro lugar AQUÍ, y el futuro AHORA. El acontecimiento futuro es una realidad AHORA en un mundo dimensionalmente más grande, y por extraño que parezca, el AHORA en un mundo dimensionalmente más grande es equivalente al AQUÍ en el espacio tridimensional ordinario de la vida cotidiana.

La diferencia entre sentirte tú mismo en la acción, aquí y ahora, y verte a ti mismo en la acción, como si estuvieras viendo una pantalla de cine, es la diferencia entre el éxito y el fracaso. La diferencia se hará evidente si ahora te visualizas subiendo una escalera. Luego, con los párpados cerrados, imagina una escalera justo frente a ti y siéntete efectivamente subiéndola.

El deseo, la inmovilidad física cercana al sueño y la acción imaginaria en la que predomina el sentimiento de AQUÍ Y AHORA, no solo son factores importantes para alterar el futuro, sino que también son condiciones esenciales para proyectar conscientemente el Yo espiritual.

Cuando el cuerpo físico está inmovilizado y somos poseídos por la idea de hacer algo, si imaginamos que lo estamos haciendo AQUÍ Y AHORA y mantenemos la acción imaginaria sentidamente hasta que el sueño comienza a sobrevenir, probablemente despertemos fuera del cuerpo físico y nos encontremos en un mundo dimensionalmente más grande, con un enfoque también más amplio, haciendo efectivamente lo que deseábamos e imaginábamos que estábamos haciendo en el cuerpo.

Pero tanto si despertamos allí o no, estamos realizando efectivamente la acción en el mundo cuatridimensional, y en el futuro la representaremos aquí, en el mundo tridimensional.

La experiencia me ha enseñado a restringir la acción imaginaria, a condensar la idea que será el objeto de nuestra meditación en un solo acto, y a representarlo una y otra vez hasta que tenga la sensación de realidad. De otro modo, la atención vagará por una cadena de asociaciones y legiones de imágenes relacionadas se presentarán ante la mente, y en pocos segundos nos llevarán a cientos de kilómetros de nuestro objetivo en cuanto al espacio, y a años de distancia en cuanto al tiempo.

Si decidimos subir un tramo específico de escaleras, porque ese es el acontecimiento probable que siga a la realización de nuestro deseo, entonces debemos restringir la acción a subir ese tramo específico de escaleras. Si la atención se desvía, tráela de vuelta a la tarea de subir ese tramo de escaleras, y sigue haciéndolo hasta que la acción imaginaria tenga toda la solidez y claridad de la realidad. La idea debe mantenerse en el campo de la atención sin esfuerzo consciente. Debemos, con el mínimo esfuerzo, impregnar la mente con la sensación del deseo cumplido.

La somnolencia facilita el cambio porque favorece la atención sin esfuerzo, pero no debe llevarse hasta el sueño, en el que ya no seremos capaces de controlar los movimientos de nuestra atención, sino a un grado moderado de somnolencia en el que aún podamos dirigir nuestros pensamientos.

Una forma aún más eficaz de encarnar un deseo es asumir la sensación del deseo cumplido y luego, en un estado relajado y somnoliento, repetir una y otra vez, como una nana, cualquier frase corta que implique el cumplimiento de tu deseo, como por ejemplo: “Gracias, gracias, gracias”, hasta que la sola sensación de gratitud domine la mente, diciendo estas palabras como si te dirigieras a un poder superior por haberlo hecho por ti.

Sin embargo, si buscamos una proyección consciente en un mundo dimensionalmente más amplio, entonces debemos mantener la acción justamente hasta el momento en que sobreviene el sueño. Al experimentar en la imaginación —con toda la nitidez de la realidad— aquello que experimentaríamos en la carne si ya hubiéramos alcanzado nuestro objetivo, con el tiempo lo encontraremos manifestado en la carne tal como lo hallamos en nuestra imaginación.

Alimenta la mente con premisas; es decir, con afirmaciones que se asumen como verdaderas. Porque incluso las suposiciones, aunque sean falsas, si se sostienen con persistencia hasta que adquieren la sensación de realidad, se materializarán en hechos.

Para lograr una suposición, cualquier medio que promueva su realización es válido. Influye en el comportamiento de todos, inspirando en cada persona los movimientos, acciones y palabras que tiendan hacia su cumplimiento.

Para comprender cómo el ser humano moldea su futuro en armonía con su suposición —simplemente experimentando en su imaginación lo que experimentaría en la realidad si ya hubiera logrado su meta—, debemos entender qué significa un mundo dimensionalmente más amplio, ya que es precisamente en ese tipo de mundo donde alteramos nuestro futuro.

La observación de un evento antes de que ocurra implica que dicho evento está predeterminado desde la perspectiva del ser humano en el mundo tridimensional. Por lo tanto, para cambiar las condiciones aquí, en las tres dimensiones del espacio, primero debemos transformarlas en las cuatro dimensiones del espacio-tiempo.

El ser humano no sabe exactamente qué se entiende por un mundo dimensionalmente más amplio, y no dudaría en negar la existencia de un “Yo” dimensionalmente superior. Está muy familiarizado con las tres dimensiones: longitud, anchura y altura, y siente que, si existiera una cuarta dimensión, debería ser tan evidente para él como lo son esas tres.

Ahora bien, una dimensión no es una línea. Es cualquier forma en que algo puede medirse, siempre que esa forma sea totalmente distinta de todas las demás. Es decir, para medir un sólido en cuatro dimensiones, simplemente lo medimos en una dirección que no sea longitud, anchura ni altura. ¿Existe, pues, otra manera de medir un objeto además de esas tres?

El tiempo mide mi vida sin recurrir a las dimensiones de longitud, anchura y altura. No existe tal cosa como un objeto instantáneo. Su aparición y desaparición son medibles; perdura durante un período definido. Podemos medir su duración sin usar las tres dimensiones espaciales. El tiempo es, definitivamente, un cuarto modo de medir un objeto.

Mientras más dimensiones posee un objeto, más sustancial y real se vuelve. Una línea recta, que existe únicamente en una dimensión, adquiere forma, masa y sustancia al añadírsele dimensiones. ¿Qué nueva cualidad aporta el tiempo —la cuarta dimensión— que haga a los sólidos tan vastamente superiores, del mismo modo en que los sólidos lo son respecto a las superficies, y estas respecto a las líneas? El tiempo es el medio a través del cual ocurren los cambios de experiencia, pues todo cambio requiere tiempo.

Esa nueva cualidad es la mutabilidad. Observa esto: si cortamos un sólido en dos, su sección transversal será una superficie; si cortamos una superficie, obtenemos una línea; y si cortamos una línea, obtenemos un punto. Esto significa que un punto no es más que la sección transversal de una línea, que a su vez es la sección transversal de una superficie, que a su vez es la sección transversal de un sólido, el cual —llevado a su conclusión lógica— no es sino la sección transversal de un objeto cuatridimensional.

No podemos evitar la inferencia de que todos los objetos tridimensionales no son más que secciones transversales de cuerpos cuatridimensionales. Esto implica que, cuando yo me encuentro contigo, en realidad me encuentro con una sección transversal de tu Yo cuatridimensional: ese “tú” más amplio que no se ve. Para ver tu Yo cuatridimensional, tendría que contemplar cada sección transversal —es decir, cada momento— de tu vida, desde el nacimiento hasta la muerte, y verlos todos como coexistentes.

Mi enfoque debería abarcar todo el despliegue de impresiones sensoriales que tú has experimentado en la tierra, así como aquellas que podrías experimentar en el futuro. Debería verlas, no en el orden secuencial en que tú las viviste, sino como un todo presente. Y dado que el cambio es la característica distintiva de la cuarta dimensión, debería verlas en un estado de fluidez: como un todo animado y vivo.

Ahora bien, si mantenemos claramente fijado todo esto en nuestra mente, ¿qué significado tiene para nosotros en este mundo tridimensional? Significa que, si podemos movernos a lo largo de extensiones de tiempo, podemos ver el futuro… y alterarlo si así lo deseamos.

Este mundo que creemos tan sólidamente real no es más que una sombra. Más allá de él, en cualquier momento, podemos trascenderlo. Es una abstracción de un mundo más fundamental y dimensionalmente más amplio; y ese mundo, a su vez, es una abstracción de otro aún más fundamental y dimensionalmente más vasto… y así sucesivamente, hasta el infinito. Pues lo Absoluto es inalcanzable mediante cualquier análisis, sin importar cuántas dimensiones añadamos.

El ser humano puede comprobar la existencia de un mundo dimensionalmente más amplio simplemente enfocando su atención en un estado invisible e imaginando que lo ve y lo siente. Si permanece concentrado en ese estado, su entorno presente se disolverá, y despertará en un mundo dimensionalmente superior, donde el objeto de su contemplación se manifestará como una realidad objetiva y concreta.

Intuitivamente siento que, si él extrajera sus pensamientos de ese mundo dimensionalmente más amplio y se retirara aún más profundamente en su mente interior, lograría nuevamente una exteriorización del tiempo. Descubriría que, cada vez que se retira a su mente interior y produce una exteriorización del tiempo, el espacio se vuelve dimensionalmente más grande. Y concluiría, por tanto, que tanto el tiempo como el espacio son seriales, y que el drama de la vida no es más que escalar un bloque multitudinariamente dimensional de tiempo.

Los científicos algún día explicarán por qué existe un universo serial. Pero en la práctica, lo más importante es cómo usamos este universo serial para cambiar el futuro. Para hacerlo, basta con ocuparnos de dos mundos dentro de la serie infinita: el mundo que conocemos gracias a nuestros órganos corporales, y el mundo que percibimos independientemente de ellos.

He dicho que el ser humano, en cada momento del tiempo, tiene ante sí la elección de cuál de varios futuros experimentará. Pero surge una pregunta:
«¿Cómo es esto posible si las experiencias del ser humano —despierto en el mundo tridimensional— están predeterminadas?», como sugiere el hecho de que pueda observar un evento antes de que ocurra.

Esta capacidad de cambiar el futuro se hará evidente si comparamos las experiencias de la vida en la tierra con esta página impresa. El ser humano experimenta los eventos en la tierra de forma separada y sucesiva, del mismo modo en que tú estás experimentando ahora, palabra por palabra, las frases de esta página.

Imagina que cada palabra en esta página representa una impresión sensorial única. Para captar el contexto, para entender lo que quiero decir, enfocas tu vista en la primera palabra en la esquina superior izquierda y luego mueves tu enfoque a través de la página, de izquierda a derecha, dejándolo caer sobre las palabras de manera separada y sucesiva. En el momento en que tus ojos llegan a la última palabra de esta página, has extraído lo que quiero decir.

Pero supongamos que, al mirar la página, con todas las palabras impresas allí igualmente presentes, decides reorganizarlas. Podrías, al reorganizarlas, contar una historia totalmente diferente; de hecho, podrías contar muchas historias distintas.

Un sueño no es más que pensamiento cuatridimensional incontrolado, o la reorganización tanto de impresiones sensoriales pasadas como futuras. El hombre rara vez sueña con los acontecimientos en el orden en que los experimenta cuando está despierto. Por lo general sueña con dos o más eventos separados en el tiempo, fusionados en una sola impresión sensorial, o bien reorganiza tan completamente sus impresiones sensoriales durante el sueño que no las reconoce cuando las encuentra en su estado de vigilia.

Por ejemplo, soñé que entregaba un paquete en el restaurante de mi edificio de departamentos. La dueña me dijo: “No puedes dejar eso ahí”, después de lo cual el ascensorista me dio algunas cartas, y cuando le di las gracias por ellas, él a su vez me dio las gracias. En ese punto apareció el ascensorista nocturno y me hizo un gesto de saludo.

Al día siguiente, cuando salí de mi departamento, tomé algunas cartas que habían dejado en mi puerta. En mi camino hacia abajo le di una propina al ascensorista de día y le di las gracias por encargarse de mi correo, después de lo cual él me dio las gracias por la propina.

De regreso a casa ese mismo día, escuché a un portero decirle a un repartidor: “No puedes dejar eso ahí”. Cuando estaba a punto de tomar el ascensor para subir a mi departamento, me llamó la atención un rostro conocido en el restaurante, y cuando miré, la dueña me saludó con una sonrisa. Esa noche acompañé a mis invitados hasta el ascensor y, mientras les decía adiós, el ascensorista nocturno me hizo un gesto de buenas noches.

Simplemente reorganizando algunas impresiones sensoriales separadas que yo estaba destinado a encontrar, y fusionando dos o más de ellas en impresiones sensoriales únicas, construí un sueño que difiere muy poco de mi experiencia en estado de vigilia.

Cuando hayamos aprendido a controlar los movimientos de nuestra atención en el mundo cuatridimensional, seremos capaces de crear circunstancias conscientemente en el mundo tridimensional. Aprendemos este control a través del sueño despierto, donde nuestra atención puede mantenerse sin esfuerzo, pues la atención con el mínimo esfuerzo es indispensable para cambiar el futuro. Podemos, en un sueño despierto controlado, construir conscientemente un acontecimiento que deseamos experimentar en el mundo tridimensional.

Las impresiones sensoriales que utilizamos para construir nuestro sueño despierto son realidades presentes, desplazadas en el tiempo, en el mundo cuatridimensional. Todo lo que hacemos al construir el sueño despierto es seleccionar, del amplio despliegue de impresiones sensoriales, aquellas que, debidamente organizadas, implican que ya hemos realizado nuestro deseo.

Con el sueño claramente definido, nos relajamos en una silla e inducimos un estado de conciencia cercano al sueño; un estado que, aunque roza el dormir, nos deja el control consciente de los movimientos de nuestra atención. Entonces experimentamos en la imaginación lo que experimentaríamos en la realidad si este sueño despierto fuera un hecho objetivo.

Al aplicar esta técnica para cambiar el futuro, es importante recordar siempre que lo único que ocupa la mente durante el sueño despierto es EL SUEÑO DESPIERTO: la acción y la sensación predeterminadas que implican el cumplimiento de nuestro deseo. Cómo el sueño despierto se convierte en un hecho físico no es asunto nuestro. Nuestra aceptación del sueño despierto como una realidad dispone los medios para su cumplimiento.

Permíteme volver a establecer las bases de la oración, que no es más que un sueño despierto controlado:

  1. Define tu objetivo; sabe con claridad qué es lo que quieres.
  2. Construye un acontecimiento que creas que encontrarás DESPUÉS del cumplimiento de tu deseo —algo que tenga la acción del Yo predominante—, un acontecimiento que implique que tu deseo se ha cumplido.
  3. Inmoviliza el cuerpo físico e induce un estado de conciencia cercano al sueño. Entonces, mentalmente siéntete justo en la acción propuesta, hasta que la sola sensación de cumplimiento domine la mente; imaginando todo el tiempo que estás, en efecto, realizando la acción AQUÍ Y AHORA, experimentando en la imaginación lo que experimentarías en el cuerpo si ya hubieras logrado tu objetivo. La experiencia me ha convencido de que este es el modo más fácil de alcanzar nuestra meta.

Sin embargo, mis muchos fracasos personales me condenarían si dijera que he dominado totalmente los movimientos de mi atención. Pero puedo, con el antiguo maestro, decir:

“Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio…”
— Filipenses 3:13–14 (LBLA)

**************

Una vez más quiero recordarte que la responsabilidad de hacer que lo que has asumido se haga real en este mundo no recae sobre tus hombros. No te preocupes por el CÓMO. Has asumido que ya está hecho; la asunción tiene su propia manera de objetivarse. Toda la responsabilidad de cómo sucederá queda eliminada de ti.

Hay una pequeña afirmación en el libro del Éxodo que confirma esto. Millones de personas que la han leído, o que la han escuchado mencionar a lo largo de los siglos, la han malentendido por completo. Dice:

“No cocerás el cabrito en la leche de su madre.”
— Éxodo 23:19 (LBLA)

Innumerables millones de personas, malinterpretando esta afirmación, hasta el día de hoy —aun en esta época ilustrada— no comen ningún producto lácteo junto con un platillo de carne. Simplemente no lo hacen.

Piensan que la Biblia es historia, y cuando dice: “No cocerás el cabrito en la leche de su madre”, evitan la leche y los productos lácteos —mantequilla, queso— al mismo tiempo que comen cabrito o cualquier tipo de carne. De hecho, incluso usan utensilios y platos separados para cocinar la carne.

Pero tú ahora estás a punto de aplicarlo psicológicamente. Tú has hecho tu meditación y has asumido que eres lo que deseas ser. La conciencia es Dios; tu atención es como la corriente misma de la vida, como la leche que nutre y da vida a aquello en lo que se mantiene tu atención. En otras palabras, aquello en lo que mantienes tu atención recibe tu vida.

A lo largo de los siglos, un cabrito ha sido utilizado como símbolo de sacrificio. Tú has dado nacimiento a todo en tu mundo. Pero hay cosas que ya no deseas mantener vivas, aunque las hayas amadrinado y apadrinado. Eres un padre celoso que puede fácilmente consumir, como Cronos, a sus propios hijos. Es tu derecho consumir aquello que antes expresaste cuando aún no conocías algo mejor.

Ahora estás separado en conciencia de ese estado anterior. Fue tu cabrito, fue tu hijo; tú lo encarnaste y lo manifestaste en tu mundo. Pero ahora que has asumido que eres aquello que deseas ser, no mires atrás a ese estado anterior preguntándote cómo desaparecerá de tu vida. Porque si miras atrás y le prestas atención, estás remojando nuevamente ese cabrito en la leche de su madre.

No te digas a ti mismo: «Me pregunto si realmente estoy separado de ese estado» o «Me pregunto si esto y aquello es cierto». Dedica toda tu atención a la suposición de que ya es así, porque toda la responsabilidad de hacerlo realidad queda completamente eliminada de tus hombros. Tú no tienes que hacer que sea así… ya lo es. Simplemente te apropias de lo que ya es un hecho, y caminas en la convicción de que así es. Y de un modo que tú no conoces, que yo no conozco, que ningún ser humano conoce, eso se objetivará en tu mundo.

No te preocupes por el cómo, y no mires atrás a tu estado anterior.
«Ninguno que, habiendo puesto su mano al arado, mira atrás, es apto para el reino de Dios.»
—Lucas 9:62 (LBLA)

Simplemente asume que ya está hecho y suspende el juicio. Suspende todos los argumentos de la mente consciente tridimensional. Tu deseo está más allá del alcance de esa mente.

Asume que eres aquello que deseas ser; camina como si ya lo fueras, y mientras permanezcas fiel a esa suposición, se materializará en la realidad.

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