Conferencia de Neville Goddard (1954-00-00)
Bueno, mi primera proposición es esta: el estado individual de conciencia determina las condiciones y las circunstancias de su vida.
La segunda proposición es que el hombre puede seleccionar el estado de conciencia con el cual desea identificarse; y la tercera sigue de manera natural: por lo tanto, el hombre puede ser lo que quiera ser.
Si la primera proposición es verdadera, que el estado de conciencia del individuo es la única causa de los fenómenos de su vida, entonces la pregunta normal y natural es: “¿Por qué no lo cambia a un estado más deseable, si puede cambiarlo?”.
Bueno, eso no es tan fácil como parece.
Hoy esperamos darles una técnica para hacerlo más fácil, pero al hombre le resulta muy difícil dejar aquello a lo que ya se ha acostumbrado. Todos estamos atrapados en lo habitual.
Puede parecer extraño, pero hace años apareció una caricatura muy sórdida, durante la última guerra; quizá la vieron, salió en The New Yorker y era de George Price. En ella hay un solo cuartito, un fregadero lleno de trastes sin lavar, el yeso cayéndose de las paredes, y estas dos personas de mediana edad: ella sentada en una silla leyendo una carta, despeinada, con el cabello enmarañado, y él con la ropa rota, los pies sobre la mesa y los calcetines mostrando agujeros. Y el texto de la imagen es este: ella está leyendo una carta de su hijo soldado en el extranjero: “Dice que extraña su casa”.
Ahora, vean el interior de esta casa, un solo cuarto, completamente en desorden… ¡pero el muchacho extrañaba su hogar!
Así que al hombre le cuesta desprenderse de lo habitual; por eso esta mañana les hemos presentado estas tres proposiciones, y espero poder dejar claro que, con este conocimiento, pueden aplicarlo de tal manera que realicen cada uno de sus objetivos. Es la mayor necedad esperar que los cambios se produzcan por el simple paso del tiempo, porque aquello que requiere un estado de conciencia para producir su efecto no puede ser efectivo sin ese estado de conciencia.
Así que, si debo estar en la conciencia de aquello que estoy buscando antes de encontrarlo, entonces lo único que hay que hacer es adquirir ese estado de conciencia.
La mayoría de nosotros ni siquiera sabe qué quiere decir con “estado de conciencia”. Para quienes están aquí por primera vez, por estado de conciencia simplemente se entiende la suma total de todo lo que un hombre cree, acepta y consiente como verdadero.
Ahora, no tiene que ser verdad; puede serlo, pero no tiene que serlo. Puede ser falso, puede ser una verdad a medias, puede ser una mentira, puede ser una superstición, puede ser un prejuicio; pero la suma total de todo lo que un hombre cree constituye su estado de conciencia. Es la casa en la que habita, y mientras permanezca en esa casa, problemas similares lo confrontarán, las circunstancias de la vida seguirán siendo las mismas. Puede moverse físicamente hasta los confines de la tierra, pero encontrará condiciones similares; no puede escapar de la casa en la que vive.
La Biblia habla de estas casas como mansiones del Señor, habla de ellas como ciudades, habla de ellas como cuartos, como aposentos altos; se usan todo tipo de palabras para describir estados individuales de conciencia. Y el llamado en la Biblia siempre es a salir y ocupar el piso de arriba, es decir, moverse a un nivel más alto dentro de uno mismo.
Ahora, si no sabes en qué estado habitas, hay una técnica muy sencilla que puedes emplear para descubrir ese estado: el hombre que vive en un estado, y todos vivimos en estados, puede descubrirlo fácilmente escuchándose a sí mismo y observando sus propias conversaciones mentales internas, porque el estado canta su propia canción y se revela en el habla interior del hombre.
Si escuchas con atención y sin criticar lo que estás diciendo por dentro, descubrirás el estado. Y no te sorprenderá que las cosas sean como son, porque oirás dentro de ti la causa de los fenómenos de la vida.
De modo que lo que estás diciendo y haciendo internamente es mucho más importante que lo que sabes externamente o lo que aparentemente expresas hacia afuera; así que cuando un hombre sabe lo que está haciendo por dentro, entonces puede cambiarlo. Si nunca has observado sin criticar tus reacciones ante la vida, si estás totalmente inconsciente de tu conducta subjetiva, entonces no eres consciente de la causa de las cosas en tu mundo. Pero si te haces consciente del estado, entonces simplemente te dedicas a cambiarlo.
Ahora, aquí hay una técnica que he encontrado sumamente útil, y veo que funciona como un milagro; cualquiera puede hacerlo. Sé que algunos de ustedes quizá vienen de contextos extremadamente ortodoxos y puede parecerles extraño incluso estar aquí, pero les aseguro que no están solos; muchos de sus líderes en el campo ortodoxo buscan una audiencia con el orador; muchos rabinos han estado en mi casa, muchos sacerdotes y muchos líderes protestantes. Muchos de ellos. Vienen a mi casa por interpretaciones del libro que públicamente no se atreverían a dar, más que la interpretación más extrema y literal. Así que no se sorprendan si oyen cosas aquí que los sobresalten; a sus líderes también los sobresaltan; pero esta es una técnica que he encontrado muy útil.
Antes que nada, el hombre está siempre en la presencia de una energía infinita y eterna, de la cual proceden todas las cosas, pero esta energía sigue patrones definidos: no simplemente sale del hombre y se cristaliza en cosas de alguna manera extraña y desordenada. Sigue un camino definido, y el camino que sigue lo traza el propio hombre en sus conversaciones internas.
Así que, aunque al hombre se le llama a cambiar su manera de pensar para que cambie su mundo, porque se nos dice: “Sean transformados por la renovación de su mente” (Romanos 12:2), el hombre no puede cambiar su manera de pensar si no cambia sus ideas, porque piensa a partir de sus ideas. Así que, si quiero cambiar y ser transformado, debo trazar nuevos caminos, y los caminos que trazo siempre se colocan en mis propias conversaciones internas.
Entonces, ¿qué estoy diciendo ahora cuando aparentemente estoy solo? Puedo sentarme en esa silla, o estar aquí de pie, o caminar por las calles, y no puedo dejar de hablar. El hombre no se da cuenta de que está hablando, porque nunca está lo suficientemente quieto para escuchar la voz que habla dentro de sí mismo, pero por dentro está susurrando lo que por fuera se manifiesta como condiciones y circunstancias.
La mayoría de las cosas que susurra son negativas, justificando su conducta. No hay necesidad de justificar. Está excusando la demora o excusando el fracaso, o está discutiendo, o está juzgando con dureza, o está condenando. Muchos de nosotros tenemos un afecto secreto por las heridas: no queremos que ciertas personas nos quieran; de hecho, no nos gustaría que nos quisieran. Simplemente no queremos que ciertas cosas sucedan en nuestro mundo, aunque puedan traer mayor comodidad y mayor satisfacción. El hombre tiene un sentimiento extraño, peculiar, un pequeño afecto por la sensación de no ser deseado o por la sensación de estar herido, y le gusta hablar de ello.
Bueno, intenta sacar a ese hombre de ese estado habitual: sería tan difícil como mantener a ese muchacho soldado lejos de ese cuarto sórdido; él vuelve a los cuartos sórdidos dentro de sí mismo. No ves trastes sin lavar dentro de ti, pero si pudiéramos ver el estado psicológico interno en el que la mayoría de nosotros habita, veríamos un cuarto mucho más sucio que el que George Price ilustró en la revista The New Yorker. Son todos platos sin lavar dentro de nosotros: por fuera los lavamos, pero se nos dice en la Biblia que dejamos el interior sin lavar y nos convertimos en sepulcros blanqueados (Mateo 23:27).
Ahora, si sinceramente deseo cambiar mi mundo, no hay nadie en mi mundo a quien necesite cambiar sino a mí mismo, de modo que no necesito cambiarte a ti como individuo, pero sí necesito cambiar mi actitud hacia ti. Si no me agradas, o si pienso que no te agrado, o si tu conducta me ofende, la causa de mi ofensa no está en ti ni en tu conducta, sino que debo buscar esa causa dentro de mí mismo.
Ahora, si lo hago en serio y soy honesto en mi búsqueda, la encontraré, y descubriré que por dentro, cuando pienso en ti, nunca es una conversación agradable la que llevo contigo.
Así que ahora permíteme sentarme y traerte ante el ojo de mi mente, y al traerte ante el ojo de mi mente, déjame imaginar una conversación que implique un cambio radical en mi mundo; déjame traerte y cambiar mi actitud hacia ti, trazando nuevos caminos en relación contigo.
Estas huellas se convertirán entonces en los rieles por los cuales fluirá esta energía eterna, una energía que no es más que pensamiento; al moverse sobre las huellas establecidas en mis propias conversaciones internas, producirá cambios en mi mundo exterior. Ahora bien, si repito esas conversaciones con mayor frecuencia, se vuelven hábito, y descubriré que, mientras estoy ocupado en los asuntos de mi Padre en el mundo exterior, interiormente —por hábito— sigo manteniendo esas conversaciones transformadas y más hermosas.
Una transformación de la conciencia dará lugar, sin duda, a un cambio en el entorno y en las circunstancias. Pero cuando digo “transformación de la conciencia”, no me refiero a una ligera alteración, como un simple cambio de humor. Es agradable pasar de un estado desagradable a uno agradable, pero yo busco una transformación. Por transformación entiendo que uno entra en un estado nuevo y lo repite tantas veces que se vuelve hábito; ese estado se estabiliza hasta expulsar de mi conciencia a todos sus rivales. Entonces, ese estado central y habitual define mi carácter y constituye verdaderamente mi nuevo mundo. Eso sí es una transformación.
Pero si sólo lo hago un poco y regreso a mi estado anterior, tal vez experimente un impulso temporal, mas no observaré cambios radicales en mi mundo exterior. Sólo notaré esos cambios en el exterior si he cambiado verdaderamente en mi interior. Entonces, sin esfuerzo de mi parte, veré cómo el mundo exterior se transforma para corresponder a los cambios ocurridos dentro de mí.
Tengan esto siempre presente: no puedo insistir demasiado en ello ni darle demasiada importancia. Esta maravillosa facultad que tiene el ser humano de hablar consigo mismo —sin necesidad de ayuda de nadie en el mundo— permite que, estando solo en casa, uno pueda formular una frase que implique el cumplimiento de su ideal. Puedes construir una oración que dé por hecho que un amigo ha alcanzado su objetivo, que ya posee aquello que sabes que desea. ¿Qué diría esa persona si ya lo hubiera logrado? Escucha atentamente, como si realmente lo oyeras; y si permaneces suficientemente en silencio, oirás —como si viniera del exterior— lo que en realidad estás susurrando desde tu interior.
El hombre es este templo maravilloso en el que ocurre toda la obra, y el mundo exterior no es más que la proyección de lo que ha sido realizado en su interior. Lamentablemente, el llamado “hombre presente” está dormido. La Biblia nos lo dice bellamente en el segundo capítulo de Génesis: Adán durmió (Génesis 2:21). Fue sumido en un sueño profundo del cual aún no ha despertado. No hay en la Biblia ninguna referencia que indique que Adán haya despertado de ese sueño, pero sí hay un pasaje donde despierta —no como Adán, sino como un segundo hombre llamado Cristo Jesús. Así, en Cristo despiertan; en Adán todos duermen.
Quien es totalmente ajeno a la actividad mental que ocurre en su interior es precisamente el que duerme como Adán: no lo sabe. Camina con los ojos bien abiertos; puede ser una persona muy importante en el mundo, rico, famoso, poseedor de todo aquello que admiramos, pero si ignora por completo esa actividad mental que es la causa de los fenómenos de su vida, ese hombre está profundamente dormido y se le representa como Adán.
Él leerá su Biblia y creerá que es una historia literal. Leerá que a Adán lo pusieron a dormir, que se le sacó una costilla y de ella se formó a una mujer llamada Eva. Pero cuando un hombre comienza a despertar, comprende que esta Eva simbólica de la Biblia no es más que su propia emanación, ahora llamada “naturaleza”. Y la naturaleza es su esclava: debe moldear su vida exterior conforme él la moldea en su interior. Si está dormido, la moldea en confusión; pero de todas formas la moldea, pues utiliza la misma técnica que su Padre usó para crear un mundo: el habla, el diálogo interno. Así fue traído a la existencia todo este vasto mundo, y él emplea la misma técnica: posee palabra y mente. Pero en estado de sueño produce condiciones extrañas, sin saber que él mismo es la causa de esas cosas extrañas que lo rodean.
Al comenzar a despertar, despierta únicamente como un ser: despierta como Cristo Jesús. Y el ser llamado Cristo Jesús, personificado en nuestros Evangelios, no es sino la imaginación amorosa ya despierta.
Una imaginación guiada únicamente por el amor es incapaz de percibir algo que no sea hermoso. Cuando ese ser empieza a despertar, ya no ve las cosas con objetividad pura; ve todo relacionado subjetivamente con él mismo. Le resulta imposible encontrarse con un desconocido: aunque lo vea por primera vez, sabe que en realidad no es un extraño, pues nadie tiene poder para entrar en su mundo si él mismo no lo ha atraído desde su interior. “Nadie viene a mí si yo no lo llamo”; “Nadie me quita la vida; yo la entrego por mí mismo”; “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros” (Juan 15:16). Aunque aparentemente llegues ahora por primera vez a mi vida, aun así no me elegiste tú: yo te elegí a ti. Así, en ese estado, ves a todo ser relacionado subjetivamente contigo mismo.
En ese estado te vuelves incapaz de ser herido; superas toda la violencia que antes expresabas en el mundo mientras dormías. No hay condenación para el hombre dormido: sueña en confusión porque no sabe quién es. Pero comienza a despertar mediante técnicas como las que les he dado esta mañana.
Si tomas esta técnica y la aplicas conscientemente —pues no me dirijo aquí a la mente pasiva que se rinde ciegamente a las apariencias, sino al Cristo en ti, que es el uso activo y consciente de tu imaginación amorosa—, entonces, al sentarte y decidir de antemano qué deseas oír, y escuchar hasta que lo oigas, rechazando cualquier otra cosa, estarás usando el único poder en el mundo capaz de despertar a un hombre: tu imaginación amorosa, que es “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27).
Hace unos días, una señora escuchó la enseñanza sobre la revisión. Su esposo la llamó angustiado: era un asunto grave, implicaba una fortuna. Habían enviado 600 pies de película a Acme, y al devolvérsela, sólo los primeros 300 estaban bien; los otros 300 eran “duds”, como dicen ellos: completamente en blanco, sin imagen ni sonido. Y tenían una fecha límite: esos 600 pies debían estar en un avión rumbo a Chicago en menos de doce horas, según el contrato.
Cuando su esposo la llamó desesperado, ella se sentó en la cama —justo donde había recibido la llamada—, colgó el teléfono y permaneció en silencio hasta que, en su interior, oyó el timbre del teléfono y, a través del cable, la misma voz de su esposo, pero ya no ansiosa sino tierna y amorosa, explicándole que todo se había resuelto y que habían encontrado lo que aparentemente estaba perdido para siempre.
Se mantuvo en silencio durante una hora y diez minutos, escuchando una y otra vez hasta que todo su cuerpo quedó quieto, oyendo únicamente lo que deseaba oír. Y exactamente una hora y diez minutos después —mientras aún estaba en silencio— sonó el teléfono: era su esposo, quien le contaba que Acme acababa de llamarlo para disculparse; había sido error de ellos, y habían encontrado los 300 pies de película que faltaban. No estaban en blanco: todo estaba perfecto.
La persona promedio —incluso quienes conocen esta ley de la revisión— habría aceptado como definitiva la evidencia de los sentidos. Al recibir una noticia tan “real”, se habría angustiado, habría regañado a Acme y movido cielo y tierra para corregir el problema. Pero ella oyó… y actuó.
Y eso es precisamente lo que quiero decirles: un poco de conocimiento, si lo pones en práctica, te será mucho más útil que mucho conocimiento que dejas sin aplicar. Muchos de ustedes —y esto no es un juicio— tienen el mismo conocimiento que esa señora. Ella ha venido aquí recientemente, asistió a todas las reuniones en el Ebell, y sin duda está presente esta mañana; al menos vino los dos primeros domingos y no ha faltado a ninguna reunión en el Ebell. Al oír el arte de la revisión, actuó.
Otros también oyeron el arte de la revisión: ¿ustedes actuaron? ¿Permitieron anoche que el sol se pusiera sobre su enojo? ¿Durmieron con algún problema o molestia sin resolver? ¿O acaso anoche fueron verdaderamente a la cama habiendo resuelto cada conflicto y preocupación del día? Cada pequeño problema debe resolverse: reescriben la obra. Si no reescribieron los eventos de ayer para hacerlos coincidir con el ideal que desearon vivir, entonces oyeron… pero no son hacedores.
Por eso se les dice en la Biblia: “Sed hacedores de la palabra, y no tan solo oidores” (Santiago 1:22). Porque si son oidores y no hacedores, son como el hombre que se mira en un espejo, ve su rostro y luego se va y olvida inmediatamente cómo era (Santiago 1:23–24). Pero si son hacedores y no simples oidores olvidadizos, serán bendecidos en sus obras, pues mirarán en la ley perfecta, la ley de la libertad, y al liberarse a sí mismos, serán bendecidos con la obra misma.
Para aquellos de ustedes que son estudiantes de la Biblia y quieren comprobarlo, lean el Libro de Santiago. Encontrarán esa historia en el primer capítulo de la Epístola de Santiago, donde él mira hacia adentro y se libera. Bueno, ella se liberó escuchando hasta que oyó exactamente lo que quería escuchar, y lo oyó una hora y diez minutos después.
Ahora, la mayoría de la gente, digo yo, no habría actuado al respecto: por hábito se habrían enredado en un conflicto interno; se habrían enfurecido y preocupado, y ese mismo día, si él hubiera llevado la noticia negativa a casa, que sin duda lo habría hecho, ambos habrían dormido dejando que el sol descendiera sobre su ira.
Pero ahora saben que no hay nada en el exterior que cambiar; esa primera proposición es verdadera: el estado de conciencia del hombre, que simplemente significa todo lo que acepta, todo lo que cree, todo lo que consiente, eso y solo eso es la causa de los fenómenos de su vida. El hombre puede cambiar su estado de conciencia y, por lo tanto, puede determinar las condiciones de su vida. Pero el paso del tiempo por sí mismo no hará nada; el tiempo es solo un medio para los cambios en la experiencia, pero no puede producir el cambio. Simplemente permite que los cambios ocurran, pero no los produce. El espacio nos da la facilidad para la experiencia y el tiempo para los cambios en la experiencia, pero por sí mismos no hacen nada. Debemos operar el poder, y si el individuo no se convierte en el operador, entonces esperará en vano.
Así que nadie aquí esta mañana, de hecho nadie que venga durante el año, debe permitirse culpar a otro, ni justificarse por un fracaso, porque solo estaría traicionando su propia falta de uso de esta ley.
Cualquiera que escuches que se queja de un tercero, no tiene idea de cómo se está traicionando a sí mismo; te está mostrando sus propios trastes sin lavar internos, pero no lo sabe. Piensa que está en la persona que ahora está juzgando, pero cuando habla contigo, escucha atentamente y ve qué debe ser lavado dentro de él, y tú lo ayudas.
En tu propio ojo de la mente, reescribe ese guion que escuchaste, y cuando te alejes de él, simplemente imagina que escuchaste una conversación más amable que la que realmente escuchaste. Solo reescríbela por él y, de alguna manera extraña, elévalo dentro de ti, porque esa es tu tarea; es mi tarea.
No estamos aquí para condenar, estamos aquí para redimir; habiendo despertado, hemos encontrado a Cristo en nosotros como nuestra propia imaginación, y nuestro deber, como se dice, es hacer la voluntad de aquel que me envió, y la voluntad de aquel que me envió es que “de todo lo que me ha dado, nada debo perder, sino que debo levantarlo de nuevo”. Y lo levanto al encontrar a alguien y verlo decaído, lo levanto dentro de mí. Simplemente escucho lo que quiero escuchar de él.
Ahora, mi voz que escuchan esta mañana, pueden tomar el tono, escucharlo atentamente y escucharán ese tono dentro de ustedes; cuando oigan ese tono dentro de ustedes, entonces pongan sobre él la palabra que quieren escuchar, y habiéndola puesto, escuchen y no se muevan hasta oír ese tono transmitiendo esas palabras. Pero háganlas nobles; no tomen ese tono y pongan sobre él palabras que no impliquen un estado digno y noble, porque no están dañando a nadie más que a sí mismos. Si toman a alguien y ponen palabras sobre ese tono o esa voz, y las palabras no implican un espíritu noble, entonces solo permiten que ese ser permanezca bajo dentro de ustedes; no están cumpliendo realmente su deber.
Así que esta mañana, crean estas proposiciones y, habiéndolas creído, hagan algo al respecto. Salgan y tomen lo que les hemos dicho sobre el habla interna: es realmente el más grande de los artes. Escuchen y solo oigan lo que quieren oír. Tomen su mano imaginaria y pónganla en la mano de un amigo, la mano imaginaria de un amigo, y allí lo felicitan por su buena fortuna. Si quieren que alguien los felicite, permitan ser felicitados. No inclinen la cabeza; manténganla en alto y acepten la felicitación, y cuando feliciten a alguien, imaginen que él es completamente consciente del bien que ya le pertenece y acepta esa felicitación, y hagan el contacto real.
Eso es verdaderamente entrar en el reino de los cielos, porque entran en el reino y el reino está dentro de ustedes, no afuera, y siempre entran en el reino mediante una comunión amorosa y consciente. Pueden entrar al reino en cualquier momento: montando el tranvía, los autobuses, y con todo el hablar y chismear, pueden entrar al reino y bendecir a un amigo simplemente imaginando que está con ustedes y que ponen su mano en la suya y lo felicitan por las buenas noticias que han escuchado sobre él, y escuchen como si él respondiera de igual manera, y en ese momento realmente lo han bendecido. Puede estar a mil millas de distancia, pero desde ese momento las cosas empiezan a moverse en su mundo, porque ustedes han provocado un cambio en la estructura de su mente, y toda modificación de la estructura de la mente de un hombre debe resultar en cambios exteriores correspondientes.
Así que provocan estos hermosos cambios dentro de ustedes. Miren los testimonios: uno que escucharon esta mañana; aquí hay un montón de cartas, y es realmente un montón muy grande. Es uno de los mayores montones que creo que han recibido aquí, y el correo de esta semana… no puedo decirles la emoción que es recibir, una tras otra, cartas no pidiendo ayuda, sino dando alabanza y agradecimiento por el principio que trajo la ayuda a su mundo. No puedo decirles cuántos en las últimas dos semanas han recibido un aumento de ingresos, ascenso de posición, mejor salud; las cosas sucedieron porque hicieron algo al respecto. No solo estuvieron calentando un asiento aquí el domingo por la mañana esperando que las cosas sucedieran por asociación: produjeron la cosa produciéndola primero dentro de sí mismos.
Así que esto apela a hombres que son lo suficientemente grandes para mantenerse sobre sus propios pies: hombres que quieren alimento espiritual y que han superado la leche dada al hombre dormido. Así que si quieren el concepto literal, todavía están dormidos y este no sería el lugar para obtenerlo, porque desde esta plataforma se les dará alimento, alimento espiritual, y deben salir y hacer algo al respecto. Si tienen el mayor conocimiento del mundo sobre alimentos y no comen, morirían de hambre, y no es el conocimiento lo que cuenta, sino la aplicación.
Ahora, esta semana que viene, comenzamos mañana, y es interesante para quienes gustan de la Biblia, para quienes quieren morderla mentalmente esta noche y venir mañana con algún conocimiento intuitivo de ella: es el capítulo 49 de Génesis; encontrarán muchos que citaré mañana, pero en el 49 de Génesis dice lo siguiente. Primero, llama a sus hijos para contarles su futuro, y son doce. Es Jacob llamando a sus hijos, pero al quinto, cuando llama al quinto, le dice que el cetro nunca se apartará de su mano, nunca, ni por toda la eternidad. Su nombre es Judá, el que engendró la línea que floreció en Cristo Jesús, según se muestra en la genealogía que nos dan Mateo y Lucas.
Luego se dice de Judá que tomó su potrillo y lo ató a una vid, y tomó el pollino de un asno y lo ató a una buena vid, y luego lavó sus vestiduras en vino y lavó su ropa en la sangre de las uvas. Y su ojo estaba enrojecido por el vino y sus dientes blancos por la leche.
Ahora, aquellos que todavía quieran leer eso literalmente, pueden sentir alguna satisfacción lavando su ropa en vino; yo no, prefiero beberlo, pero algunos lavan la suya en la sangre de las uvas y luego los dientes blancos con leche y el ojo enrojecido con vino. Bueno, ese fue el que engendró de Tamar los gemelos que dieron lugar a la línea que floreció en Cristo Jesús. Así que vuelvan a leer la genealogía de Judá y vean lo que hizo Judá y cómo tomó dos animales, uno un potrillo y otro un pollino.
No les daré la interpretación: ejerciten su facultad intuitiva y vengan mañana y escuchen lo que tenemos que decir sobre el amatista, o la piedra del vino: cómo un hombre debe hacer el amatista, cómo debe tomar sus vestiduras, algo que viste la mente del hombre y lavarlas en la sangre de las uvas, cómo un hombre no solo debe hacerlo sino que su ojo debe tornarse igualmente enrojecido por el vino y sus dientes blancos por la leche. Y mañana les mostraremos por qué le colocaron la túnica escarlata y luego la más mística de todas: la túnica púrpura; así que al colocarla se llega al acto final, que es la colocación de la túnica púrpura sobre el hombre que ha despertado, quien ahora está listo para ascender en lo alto, a niveles más elevados dentro de sí mismo.
Pero no puedes ascender hasta que primero hagas la túnica púrpura, y aunque en este mundo haya quienes tengan túnicas escarlata y púrpura, ningún hombre puede hacerla por ti. Por lo tanto, no puede tejerse en ninguna fábrica; debe tejerse desde la fábrica dentro de ti mismo. Así que mañana, para quienes estén realmente interesados en profundizar en los misterios, nuestro tema será: “El Duodécimo, un Amatista”. El último acto de un hombre, el duodécimo, porque solo son doce, y luego viene la piedra más, diría yo, menospreciada de todas a los ojos del hombre, pero a los ojos de Dios es la más preciosa, y no es la pequeña que encuentras entre las piedras, sino la que encuentras dentro de ti. Ese será el tema de mañana.
Deja un comentario