Hijos del Altísimo

Conferencia de Neville Goddard (1968-04-15)


El presidente Hoover, un hombre que comenzó su vida aquí en la tierra en un estado de pobreza, y aun así se elevó hasta el cargo más alto de nuestra nación, hizo esta declaración en una convención en San Francisco:
“La historia humana, con sus formas de gobierno, sus revoluciones, sus guerras y, de hecho, el ascenso y la caída de las naciones, podría escribirse en términos del ascenso y la caída de las ideas implantadas en la mente de los hombres”.

Se nos dice en el capítulo 8 de Nehemías que Esdras leía del Libro, de la ley de Dios, con interpretación, para que el pueblo entendiera la lectura. Mi esperanza es poder interpretar las palabras del presidente Hoover y el significado detrás de las palabras de la Epístola de Juan, para que ustedes puedan comprender su sentido. Las palabras son estas:
“Yo soy de arriba; ustedes son de abajo. Ustedes son de este mundo; yo no soy de este mundo. Por eso les digo que, si no creen que yo soy, morirán en sus pecados” (Juan 8:23–24).

Pecar significa fallar al blanco, así que lo que está diciendo es que, a menos que creas que ya eres aquello que deseas ser, nunca lo serás. ¿Te gustaría sentirte seguro? Entonces dite a ti mismo, y solo a ti mismo: “Si no creo que soy seguro, moriré en mis pecados. Seguiré creyendo que soy inseguro, y así fallaré a mi objetivo en la vida”. A menos que puedas creer “yo soy seguro”, aunque no haya ni una sola cosa que lo respalde, morirás en tu pecado y nunca te sentirás seguro, porque el nombre de Dios es YO SOY, y fuera de YO SOY no hay otro. La imaginación (Yo Soy) es de arriba. La imaginación no es de este mundo y nada es imposible de imaginar. Esa es la historia de la Escritura.

En el principio, la Imaginación (Dios) nos dijo: “Ustedes son mi poder creador y somos uno. Ustedes son hijos del Altísimo, todos ustedes; sin embargo, morirán como hombres y caerán como un solo hombre, oh príncipes. Esto lo harán porque no pueden creer que ustedes son toda imaginación”. Entonces estableció un patrón en el cual pudiéramos creer, y el patrón es este: Dios el Padre tiene un solo Hijo, cuyo nombre es David. Encuentra a David y sabrás que Dios eres tú mismo.

Ahora bien, yo no sabía que soy el Padre de David, y tú no sabías que eras el Padre de David, ni que éramos uno; así que descendimos y nos convertimos en el Hijo del Hombre para cumplir la Escritura, porque “nadie subió al cielo sino el que descendió del cielo, el Hijo del Hombre que está en el cielo” (Juan 3:13).

Descendiendo para probar una profecía, ustedes son verdaderamente hijos de Dios y tú y yo somos uno. Al no sentir que éramos uno ni que éramos el Padre de David, tuvimos que descender en conciencia a este mundo para descubrir y creer: yo soy el que es Dios, el Padre de David. Así que desciendo y luego asciendo de la misma manera en que Moisés levantó la serpiente en el desierto. Como Hijo de Dios descendí para convertirme en Hijo del Hombre, para ascender como Dios mismo. Y así es en este maravilloso mundo nuestro; conforme las ideas se implantan en la mente de los hombres, así se levantan y caen nuestras naciones.

Descendimos en conciencia y hemos pasado por todos los fuegos del infierno. Pero uno por uno nos levantaremos para descubrir que en verdad somos Dios, el Padre de su Hijo unigénito. ¿Cómo puedo convencerlos de esto mientras hablo en este nivel donde hay tanta división, y aun así les digo que en verdad somos uno? Caímos en la división con un solo propósito, y ese es elevarnos a la unidad, a la unicidad que es Dios.

Todos conocerán esa conciencia; pero mientras estamos aquí podemos probar la declaración del presidente Hoover, que el ascenso y la caída de las ideas determinarán el ambiente en el que vive el individuo. Así que les digo: nombren lo que quieren ser y vuélvanse tan conscientes de serlo que crean “yo soy”, porque si no están diciendo conscientemente: “yo soy”, están fallando al blanco. A menos que sientan que son el hombre o la mujer que quieren ser y persistan en esa asunción, no van a alcanzar su meta. Su asunción puede ser por cosas terrenales, pero yo los exhorto a persistir en la asunción de que son Dios hasta que su propio aliento proclame: “¡yo soy!”. El mundo puede decirles que están locos, pero yo les digo por experiencia que tienen que sentirse Dios para saber quién es Dios.

La historia de Dios comienza en el Antiguo Testamento y llega a su culminación en el Nuevo. Se cuenta la historia de Jacob, que llega de noche a un lugar y, usando una piedra como almohada, se duerme y sueña con una escalera que sube al cielo, con los dioses ascendiendo y descendiendo mientras Dios está arriba. Luego despierta y dice: “Ciertamente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía” (Génesis 28:16).

Esta noche, cuando te vayas a la cama, recuestas tu cabeza sobre una almohada y Dios (la Imaginación) reposa sobre tu cráneo, porque esa es la piedra, el lugar de Dios donde Él sueña con la escalera que sube al cielo, el mismo Dios que dijo: “Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abraham, de Isaac y de Jacob” (Génesis 28:13). La historia continúa cuando Jacob, ya despierto, toma la piedra (la conciencia ahora individualizada) y, al ungirla, edifica el templo del Señor. Ese templo eres tú.

Dios, el Padre de toda vida, está en ti. Siendo toda imaginación, tu verdadero nombre es YO SOY, y fuera de ti no hay otro Dios. Así que te digo: si no crees “yo soy”, morirás en tus pecados en el sentido de que seguirás fallando al blanco. Debes asumir que ahora eres el hombre o la mujer que quieres ser y persistir en esa asunción, porque no hay otra manera de que lo seas, ya que solo hay Dios en este mundo.

La historia registrada en el Antiguo Testamento pone el fundamento cuyo cumplimiento es el Nuevo Testamento, pero “aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, un velo está sobre sus mentes y no pueden entenderlo” (2 Corintios 3:15). Cuando la mente está velada, no puede entender que el Dios del que hablaron los profetas es la imaginación; pero yo te digo: por la noche, cuando te vas a dormir, Dios está soñando, y cuando despiertas por la mañana, Él sigue soñando tu mundo para que exista. Pero un día despertarás en tu cráneo, la piedra que Dios ungió. Caerás sobre ella y dirás: “Ciertamente este es el lugar de Dios, y yo no lo sabía” (Génesis 28:16).

Esta noche, cuando pongas tu cabeza sobre esa roca, que sueñes que ahora estás contribuyendo al bien del mundo y despertando a todos los que tocas, que estás cumpliendo la historia eterna tal como se nos cuenta en el Antiguo Testamento.

El Nuevo Testamento registra el cumplimiento del Antiguo, pero quienes se llaman a sí mismos cristianos no lo entienden. El otro día prendí la televisión y estaba el programa de Billy Graham. Tenían a todos esos jóvenes tan agradables que cantaban de manera hermosa, y disfruté mucho la música, pero luego escuché todo ese sinsentido acerca de la resurrección. Te digo: en el rollo del libro está escrito de ti. Todo lo que se dice en la Escritura es acerca de ti, porque tú eres el ser llamado Dios, pero a menos que lo reclames no puedes alcanzarlo. ¿Cómo podrías, si tú eres el único poder? Debes caminar consciente de ser imaginación, o morir en tus pecados y nunca alcanzar esa conciencia. Ningún hombre físico hizo la declaración: “Si no creen que yo soy, morirán en sus pecados”. El que habla es el mismo que dijo: “Yo soy de arriba. Ustedes son de abajo. Ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo” (Juan 8:23–24).

Cuando Jesucristo fue presentado públicamente como crucificado, recuerda que esta obra no tuvo lugar en la tierra sino como una parábola, compareció ante Pilato, quien dijo: “¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?”. Y Jesús respondió: “Ningún poder tendrías contra mí, si no te fuese dado de arriba” (Juan 19:10–11).

Tu estado de Yo Soy viene de lo alto. Habiendo venido a hacer la voluntad del Padre, yo, que ahora soy consciente de ser tú, beberé la copa de la experiencia hasta el final. Pero nadie tiene poder sobre mí, salvo que yo, por mi asunción, se lo entregue. Lo hago al asumir que soy menos que otro, obligándolo así a desempeñar el papel de alguien superior a mí. Todos reflejan mis asunciones y desempeñan su papel en relación con aquello que yo he asumido, porque no hay nada más que la Imaginación, y yo soy eso. Al asumir que tengo miedo, vivo en un mundo de miedo, porque no hay otro. Siendo proteico, estoy interpretando cada papel en mi sueño de vida, sea para mi bien o para mi mal.

Cuando sueñas esta noche con innumerables personas y despiertas por la mañana para descubrir que ya no están, ¿a dónde se fueron? ¿No están todas en ti, creadas por ti y actuadas por ti? Entonces, ¿no eres proteico? Tú, toda Imaginación, eres Dios el soñador, imaginando las muchas partes que estás interpretando. Este mismo momento es parte de tu sueño, y los que te rodean están ahí, desempeñando sus papeles porque tú los estás imaginando. Tú estás interpretando el papel de tu esposo, tu esposa, tus hijos, tus amigos y tus enemigos. Todos son tú, porque no hay nada más que Dios.

Por eso te digo: la historia humana, sea cual sea, sus revoluciones, sus guerras y el ascenso y la caída de las naciones, puede escribirse en términos del ascenso y la caída de ideas implantadas en la mente de los hombres. El presidente Hoover nació en la pobreza, pero conforme sus ideas se elevaron, así también se elevó él. Trabajando para pagarse sus estudios en Stanford, llegó al nivel del cargo más alto de nuestra nación. Y el presidente Roosevelt, que lo siguió, usó muchas de sus ideas para restaurar el orden y la prosperidad en una tierra deprimida. Como nación éramos incapaces de sostenernos por nosotros mismos, así que encontramos a un presidente que no podía sostenerse por sí mismo. Roosevelt había heredado su riqueza. Hoover la ganó, ¡y qué diferencia hay en eso! Todos quieren tener mucho dinero que llegue de la nada, pero cuando lo ganas, sientes orgullo por el logro. Tal vez escribes un libro o una obra, usas tus habilidades artísticas, o tus ingresos vienen del trabajo manual. Cuando ganas la riqueza por tu propio esfuerzo, hay orgullo. Pero no hay sentido de logro cuando recibes tu riqueza por herencia, por pegarle al premio mayor o por tener el boleto ganador de la lotería. El presidente Hoover se ganó su posición. Él comprendió y compartió con nosotros lo que aprendió de la experiencia: que las ideas que implantas en tu mente determinan el mundo en el que vives.

Te pido que me creas, porque “si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados”. Errarás el blanco y nunca alcanzarás tu meta a menos que creas que, ahora mismo, eres el hombre que quieres ser. ¿Es la felicidad tu meta? Entonces asúmela, porque a menos que asumas “yo soy feliz”, seguirás siendo infeliz. ¿Quieres estar seguro? Entonces asume “yo soy seguro”. Esa es la única manera de alcanzarlo. Yo soy Imaginación, el único poder en el mundo, porque la Imaginación es Dios. A menos que imagine que soy el hombre que quiero ser, seguiré imaginando que soy el hombre que no quiero ser. Ningún poder externo puede hacerme distinto de lo que pienso que soy. Debo asumir mi propia divinidad, y al hacerlo, esta se desplegará dentro de mí (Juan 8:24).

¿Alguna vez has pensado que cuando Jacob apoyó su cabeza sobre la roca hizo contacto con la eternidad? ¿O que la escalera que vio era Cristo? Piénsalo: cuando pongas tu cabeza en la almohada esta noche y cierres tus ojos a este mundo, en realidad estás sobre tu cráneo, haciendo contacto con el poder y la sabiduría de Dios, el mediador entre la naturaleza humana y la divinidad. Esa es la verdadera escalera de Jacob. Medita en esto, porque te digo que es verdad. El poder de Dios, como ideas, desciende del cielo y asciende al cielo por medio de esa escalera en espiral (Génesis 28:11-12; Juan 1:51).

Se dice que el que descendió es el Hijo del Hombre. Pues bien, si el Hijo de Dios se convierte en el Hijo del Hombre mediante su descenso, ¿no está destinado a convertirse en el Hijo de Dios en su ascenso? Y si Dios y su Hijo son uno, ¿hay alguien más? ¿Puedes verlo? Tú y yo somos verdaderamente uno de la manera más íntima, y lo digo con toda seriedad. Pero si no me crees, seguirás descendiendo por esa escalera en espiral hacia la diversidad, retrasando tu ascenso hacia la unidad del Padre.

Descendiendo como hijos de Dios, ascenderán como el Padre del único Hijo de Dios, David. Entonces sabrán por experiencia lo que antes no podían creer. Y solo después de haber descendido a estos cuerpos de corrupción pueden descubrir que hay una sola Imaginación, un solo Dios, un solo Padre (2 Samuel 7:12-16; Hechos 13:22-23).

Mientras estés en este mundo de César, vete a la cama esta noche y, poniendo tu cabeza sobre la verdadera almohada, llamada el cráneo, atrévete a asumir que eres el hombre o la mujer que te gustaría ser. Simplemente asúmelo. Mañana, si el mundo lo niega, dale la espalda a su negación y persiste en tu asunción, y te convertirás en aquello que has asumido que eres. Pero cuando tu mundo refleje tu asunción persistente, no olvides cómo lo llevaste a existir. Lo hiciste pasar al asumir: “Yo Soy”, y no hay otro Dios (Marcos 11:24; Éxodo 3:14).

Puede que no aparezcas en el registro social ni como uno de los millonarios del mundo, pero nadie es más importante que tú. Aún no he conocido a una sola persona que haya sentido que es mayor que yo. Habiendo despertado del sueño de la vida, sé que no hay otro que sea mayor o menor que yo. Débil y limitado como parezco ser, solo hay un ser en el mundo y ese ser es Dios.

En el principio no podíamos creer que éramos Dios. Tuvimos que ser separados para llevarnos a esa conciencia. Siendo hijos del Altísimo, se nos dijo que moriríamos como hombres y caeríamos como un solo hombre. El que dijo esto está esperando que todos regresemos a la conciencia de ser ese único hombre. Él ha establecido un patrón por el cual regresaremos, y solo hay un camino. Es por medio del hombre patrón llamado Jesucristo, y por ese camino regresamos como Dios (Salmos 82:6-7).

Ahora entremos en el silencio.

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